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Los ofendiditos
Relatos y notas

Los ofendiditos

"Hoy todo el mundo quiere estar ofendido o quieren comprender todo, no quieren vivir incómodos, con esa sensación de que todo se les puede ir de las manos, el control señores, es el pegamento que amalgama a estas personas"

La reunión será a las diez de la mañana. Algunos pretenden que sea más tarde; solo uno está convencido de que la reunión debe ser a la medianoche, la noche no delata, ideal para mantener el misticismo.

Se sucedieron muchos cruces epistolares entre el presidente de la federación y sus más allegados vocales. En ellas se discutían sobre el recrudecimiento de las normas. La junta las consideraban muy laxas. El principal vocal, un tal Villegas, decía que la genuflexión los llevaría pronto a la ruina, esto fue desmentido en la ulterior misiva por parte de Cuatrero y Mocho que decían que las normas debían ser todavía más flexibles (qué locura pensaba Villegas mientras leía) o de lo contrario llevaría a una renuncia masiva de miembros o un autogolpe.

Como no hubo quórum la reunión no se llevaría adelante en los próximos días, debían esperar que al menos tres cuartas partes de los vocales lleguen a un acuerdo.

La indecisión derivó, inevitablemente, en que algunos de sus miembros profesen ideas difusas. Sucedieron las temidas: juntas paralelas, reuniones secretas y planificaciones oscuras. Se corría el rumor de que Cuatrero y Mocho estaban albergando a aquellos miembros disconformes sin la anuencia del presidente, claro está, pero también sin el visto bueno de Villegas, el gran líder sucesor y con un carácter de león que podría aniquilar a todo aquel detractor de la fundación.

En las reuniones clandestinas la «mesa chica» es decir, Cuatrero, Mocho y Robles, planteaban algo lógico: disolución absoluta de las tres cuartas partes del quórum, más autonomía a los vocales y elecciones inmediatas.

La reunión se llevaría a cabo pronto, estaba acordado.

La reunión se llevó adelante el día sábado a la medianoche, a la luz de las velas y con capuchas para proveer de misticismo a la comitiva. Encabezó el discurso Robles, un tipo guango, de un metro sesenta, pelado y con ojos saltones, su apariencia pasaba desapercibida gracias a su vozarrón capaz de silenciar a un estadio. Bueno mis correligionarios, empezó Robles, nos ha convocado algo importante y que sabemos que es de carácter urgente resolver hoy mismo; a posteriori de esta junta no se admitirán votos. Empezaré por abrir este sobre que contiene nuestras demandas e iré leyendo una por una para dar inicio, luego, a la votación. El silencio era solemne, quizás algún vocifero se oía levemente pero era callado de inmediato cuando Robles levantaba la mirada. Robles abrió el sobre, leyó los primeros renglones, aclaró su garganta de inmediato y su cuerpo se empezó a mover dejando entrever una clara incomodidad. Salió del estrado hacia las bambalinas del teatro, le dijo al oído a Cuatrero: Yo no estoy de acuerdo con esto, no lo voy a leer, y salió de inmediato. Absortos los organizadores levantaron sus hombros en señal de desentendimiento y Cuatrero le hizo un gesto a Mocho para que tome la iniciativa, para que se invente algo y lea lo que estaba redactado sobre «El nuevo orden», como lo llamarían de ahora en más.

Mocho tomó el papel, fue al estrado, leyó los primeros renglones, miró a Cuatrero como quién pierde algo, señaló con su dedo el escrito y frunció su ceño. Permiso, antes de leer debo corroborar algo, dijo Mocho. Fue tras bambalinas, miró a Cuatrero y le dijo: No me podés hacer leer esto, no estoy para nada de acuerdo. A lo que Cuatrero respondió: Pero si es lo que venimos hablando hace semanas. Si pero no estoy de acuerdo. Mocho guardó la carta en el sobre y la apoyó sobre el pecho de Cuatrero con cierta vehemencia, demostrando reprobación y se fue.

Cuatrero no tuvo más remedio que leer la cara ante el desconcierto de los convocados. Se paró en el escenario, perdón tuvimos algunos… hechos de suma urgencia… algunos de nuestros disertantes tuvieron que retirarse, así que leeré yo lo que está escrito. Agarró el papel, le pegó una suerte de cachetazo a la hoja para despertar al papel y aclaró su garganta. Punto número uno, empezó a hablar, de ahora en más basta de dictadura por parte de nuestro presidente, votaremos a nuestro líder cada dos años. Lo había dicho con tanto entusiasmo que esperaba la oleada de aplausos que nunca llegó, sus brazos estaban levantados y fueron descendiendo lentamente evidenciando su frustración. El murmullo se hizo cada vez más grande y empezaron a recriminarle cosas: Pero me estás cargando, cómo es que vamos a votar, yo no quiero eso, dijo uno por ahí, Hermano hace años que integro la asociación y de verdad te crees que es tan sencillo, otro decía furioso. Los reclamos iban y venían, el descontento era cada vez mayor. No hubo un solo acuerdo esa noche, algunos empezaron a incomodarse con la presencia de otros y esos otros le recriminaban a algunos el por qué pensaban de esa manera. La cólera fue creciendo y el tumulto fue cada vez más grande que algunos empezaron a agarrarse a trompadas con otros. Cuatrero no entendía nada, hace poco que integraba la organización, pero él era una persona diligente y jamás haría una propuesta radical sin el debido proceso, sin analizar antes las cosas. La gente se enfervorizaba cada vez más.

Cuatrero trató de poner paños fríos sin éxito: Calma por favor, repetía hasta que supo que no había vuelta atrás. Abandonó la sala y se marchó a su casa mientras la gente detrás de él estaba agarrándose a trompadas, volaban sillas y botellas. Algunos rumores dicen que hubo cinco heridos, pero que la salida del tugurio fue en paz. No hubo trifulca alguna en las calles.

A la mañana siguiente Mocho recibió un telegrama por parte de alguien misterioso. En la carta decía que no debía renunciar a sus ideales y que su plataforma si era consistente. Mañana por la mañana si quería seguir peleando por la verdadera libertad “es perentorio que se presente, de lo contrario el sistema y sus miembros colapsarán” así rezaba la epístola.

La curiosidad lo carcomió todo el resto del día, parte de él sabía que Robles podría estar detrás de esto, no le molestaba, pero si el hecho de que su relación con Cuatrero pudiera quedar totalmente quebrada. Lo pensó y hasta se tomó un whisky, algo que nunca hacía por las mañanas. Apoyó el vaso con fuerza en la mesa y dijo: ma si.

La mañana del encuentro estaba cálida, el viento avecinaba una lluvia. Eran las nueve y cinco. Mocho pensó en irse, una mano lo tomó antes de que hiciera alguna estupidez. Robles, sabía que eras vos, dijo Mocho. Claro, no podía dejar pasar esta oportunidad de captar a todas esas personas disconformes, estuve haciendo unas llamadas, juntándome con algunos miembros y por la forma que les hablé llegué a un consenso. Estoy por ser presidente de la nueva fundación, quiero que seas mi primer vocal, alguien fuerte dentro del gabinete. No lo sé, dijo Mocho pero esa duda era porque necesitaba que lo convencieran, que le dieran algún argumento más. Escuchame, sino aprovechamos este viento de cola, alguien más lo hará y vos vas a ser un miembro más, alguien olvidable, por otra parte tenemos un enemigo en común: Cuatrero, sé que es tu amigo, pero esto es otra cosa, él lo entenderá. Necesitamos atacar. Ya sé, no me digas nada, siguió hablando Robles, el jueves que viene la reunión será en el sótano de la calle Bartolomé Mitre, a las tres de la tarde, si querés formar parte vení, tenés mi palabra de que voy a cumplir todo lo que dije.

No había más que pensar. En el peor de los casos sería un miembro olvidable dentro de la organización. Si era todo verdad podría refundar una organización con valores que fueran aplicables. No había más espacio para la duda iría y se acoplaría a lo que sea.

El jueves a las tres de la tarde en aquel sótano, los disidentes se amontonaron en la puerta. La reunión de Cuatrero había dejado sinsabores y los asistentes adherían a las ideas de Robles. La gente estaba de pié, no se permitían fotos, la única bebida sería agua. El ambiente se percibía clandestino. En el fondo se dejaba vislumbrar una pequeña barra tristemente iluminada por una lámpara color caramelo.

El silencio preparó el terreno para que Robles, el tipo de la voz profunda, no cometería el mismo error que Cuatrero, se relamía los labios de la ansiedad, no delegaría en ningún miembro la misión de comunicar las nuevas pautas y valores.

— Buenas tardes a todos, sé que todos están ocupados, así que seré breve. La reunión nos convoca luego de un profundo descontento sobre las ideas de nuestro correligionario, o debería decir ex-correligionario —La afición rió y Robles siguió con su letanía—. Nosotros nos fundaremos sobre la base de los valores libres, cada uno de ustedes decidirá si votar o no.

Los ecos de las conversaciones eran opacos, las caras de los presenten iban de un lado a otro intercambiando ideas con el de al lado.

Robles, todavía más ansioso, se relamía los labios intentando humedecer sus fauces. En un arrebato de convencer a la audiencia siguió pregonando sin importarle los crescientes murmullos.

— Segundo, tendremos la opción de cambiar de sede a una sede patrocinada en Don Torcuato.

Las palmas de Mocho se elevaron para estallar en sus muslos evidenciando una frustración por haber ido: qué día perdido la puta madre, pensó. La gente empezó a vociferar más y algunos presentes dijeron: ¿quién te dió la potestad de decir semejante pelotudez?, de inmediato el de al lado le contestó, No es ninguna pelotudez, pero no puede ser que cada uno haga lo que se le cante, Callate vos, contestó otro, y la gente empezó a efervescer cada vez con más vehemencia. Era cuestión de arrojar un fósforo para que todo ardiera. Las peleas no tardaron en llegar y cuando Robles estaba a punto de huir por la puerta de atrás, un disidente lo agarró del hombro y le asestó un golpe en la cara, Robles no respondió, solamente huyó por miedo a las represalias. Mocho, no era una persona agresiva pero revoleó una silla, vió como impactaba en un miembro y se fue. Nadie lo quiso golpear.

Los meses posteriores no fueron gratos para Mocho, Cuatrero le escribió pero él no quiso responder porque sabía que en algún momento le recriminaría su alianza con Robles. Las cartas no pararon de llegar pero esta vez eran de otros miembros: Peña, Quijón, La Rosa, Tufolí, Cessole, Moreno, entre otros, habrá recibido unas cuarenta y en todas el denominador común era: Vimos que no sos tibio y me animaría a decir que ese sillazo estuvo bien dado. Lo vieron como un posible líder, pero a decir verdad el se sentía carente de carisma.

Decidió recurrir a viejos escritos de viejos patriotas que profesaban viejas ideas: ultraviolencia sin escrúpulos, avasallamiento hacia todo y discriminación frente a lo diferente. Pensó que las ideas de sus antecesores los habían sepultado por la poca investigación que le dedicaron. La libertad plena no había servido, la democracia electoralista fue rechazada pero si proponía la violencia verbal frente a lo diferente la gente apoyaría. Estaba a las claras que las trifulcas dejaban entrever una cólera colectiva que aguardaba por ser liberada.

Se frotó las manos en señal de regocijo y planeo la convocatoria para una reunión más “exclusiva”.

La convocatoria fue más de boca en boca, el aforo era el esperado, estaban los más íntimos y cercanos, incluso sus emisarios epistolares. La hora fue a la mañana, un domingo, de manera tal que todos pudieran asistir. Mocho no era muy carismático pero, aun así, se había ganado el cariño de algunos miembros quienes buscaban un líder con ideas sencillas y claras. El estrado estaba iluminado por un reflector que se atenuaba si uno quería. Los pasos de Mocho hicieron eco en todo el sótano. La gente no estaba disfrazada, ni había consignas raras. Respiró hondo y proclamó:

— Señores, está plataforma no se va a basar en democracias genuflexas, tampoco en libertades donde solo para aquellos que crean que su libertad deba exceder los límites de la convivencia. Esta plataforma ha entendido el clima de la época y así como se vivió en las anteriores reuniones necesitamos tomar acción, ser protagonistas y no esperar que las cosas vengan. Desde ahora seremos hacedores de nuestra realidad, tomaremos cartas en el asunto, y todo aquel que interfiera deberá afrontar las consecuencias. Este día la proclama será: quien cuestione estos puntos conocerá las llamas y arderá con ellas. ¡No tendremos piedad! Está última parte había sido dicho por Mocho con mucho vigor y haciendo énfasis en las últimas palabras, levantó la voz y esperaba que la muchedumbre se agitara y acompañara. No fue el caso.

La gente se miró, vociferó muy bajo, intercambiaron ideas, no había agitación en el ambiente hasta que uno levantó la mano muy cordial y pidió la palabra para decir: Me parece que no estás entendiendo el problema, no es una cuestión de eliminar a todo el mundo con tus discursos de odio, creo que la cuestión es que podemos razonar y entendernos.

Al terminar esas palabras hubo un aplauso cerrado, algunos bigotes puntiagudos hacia arriba asintieron con la cabeza. La gente se retiró tranquila.

Cierto día de Marzo, unos meses después de las reuniones clandestinas, les llegó una carta a todos los miembros para participar de una nueva reunión de la organización. Todos asistieron, incluso aquellos con ideas desestabilizadoras para con la organización. El búnker en la calle Esmeralda congregó a todos los miembros, el presidente a la cabecera, Villegas a su derecha, ambos de pie, el resto sentados. El silencio era invadido por una bocina lejana. Otros vocales llegaron y la reunión empezó con la palabra del presidente.

— Señores los hemos convocado a esta reunión para discutir un tema que ha sido relevante en los últimos tiempos y que podría cambiar el rumbo de la organización —dirigió la mirada a Cuatrero, que redujo su volumen corporal hundiéndose en la silla como un niño cuando una madre lo reta y el presidente siguió—. Nos hemos anoticiado de ciertas reuniones clandestinas debido a ciertos desacuerdos con mi gestión. No quiero acusaciones, no quiero que esto se convierta en una cacería de brujas. Hemos sabido de buena fuente que en esa reunión la gente se fue muy disconforme, lo cual nos deja muy satisfechos porque demuestra que nuestras ideas todavía prevalecen dentro de nuestros miembros.

— Perdón presidente pero creo que no es así— interrumpió un vocal, pero inmediatamente se llamó a silencio al ver la mano del presidente levantada.

— No es momento por favor. Lo que da cuenta del claro rumbo que debemos tomar, haremos que cada uno tenga su propio pensamiento, sus ideologías, todas serán invadidas e invalidadas por una nueva, todo será cuestionado y no tendremos más que disenso, entre la discordancia viviremos y será nuestra forma de llevar adelante esta organización, a través del pensamiento divisible.

— Pregunto: ¿eso no nos hará más débiles?

— Para nada —el presidente esbozó una sonrisa—. Hoy todo el mundo quiere estar ofendido o quieren comprender todo, no quieren vivir incómodos, con esa sensación de que todo se les puede ir de las manos. El control señores, es el pegamento que amalgama a estas personas y mientras les digamos que solo pueden controlar lo que decidan, más allá de las fronteras del pensamiento, verán que la libertad solo provee el enojo, no de otra forma. La libertad conseguida a través de irse solo, de no estar de acuerdo, es simple gente.

— Perdón pero no creo que sea así —dijo Cuatrero agarrando los apoyabrazos de la silla y dando impulso y rienda suelta a su dimisión.

— Exactamente eso es lo que quiero, ya estás entendiendo.

— De verdad creo que es un concepto flojo, creo que debemos unirnos y ser más empáticos y democráticos, tender puentes y dejar que las personas convivan libremente.

— Exactamente a eso me refiero. Pero es solo una parte de lo que propongo. Tendremos una serie de dispositivos que serán: Los Atenuantes y Los Analizadores. Los Atenuantes serán gente que manifieste de forma correcta la incomodidad y que permita, a nuestros miembros, reposar en sus palabras sin abandonar la lucha, de forma tal que si hay una grave ofensa, el Atenuante dirá con palabras pulidas lo que este grupo necesita oír para acoplarse y no inmolarse por una causa que no creen simplemente simpatizan. Luego los Analizadores. Gente dispuesta a dar un marco a la realidad, que no opinan o sientan posición pero marcan los límites, como un diccionario, le dirán a las personas hasta donde moverse, de lo contrario, si se salen de esos límites los sectores extremistas los atacarán, de un lado y del otro. La realidad al estar sobreanalizada generará un colchón en el cuál descansar, evitando cualquier tipo de cuestionamiento a nuestro orden. No obstante los Atenuantes y los Analizadores actuarán conjuntamente solapando, muchas veces, sus opiniones, otras veces deberán confrontar sin más remedios, pero dentro de unos límites respetuosos. Conseguiremos que la gente entienda cómo reaccionar ante cualquier disidencia. No será con violencia, como tiempo atrás, sino con palabras que hiperanalicen una realidad inmutable. Veremos crecer este imperio gracias a esa solemnidad. Lo más perfecto será que entre los extremos se vivirá una lucha encarnizada, una batalla sincronizada como una coreografía.

El presidente tomó aire, bebió un poco de agua y se preparaba para dar la estocada final.

— Todos creceremos felices, mientras nuestros miembros se degollan, desangran y mueren por esta causa, nosotros podremos reclutar a todo aquel que quiera combatir sus ideas contrarias. En definitiva a los miembros no les interesan sus estúpidas ideas, ni si son innovadoras o progresistas— se tomó el tiempo para decir palabra por palabra—: QUIEREN VER SANGRE. Bienvenidos señores, sin más preámbulos a: Los Ofendiditos.

Ese fue el primer día oficial de Los Ofendiditos, una organización destinada a entrenar a la gente en el arte de sentirse mal, sentirse menoscabado y ultrajado y sentir que sus creencias son tiradas a la basura. La gente aprendía a llorar, a gritar llorando, a mejorar su bozarrón y gritar cuando las palabras se agoten, aprendían a hablar todos juntos, sin entenderse, de manera tal que nunca cambiaban su postura. En la sala de los Atenuantes la gente con monóculos y bigotes puntiagudos demostraba con cierta paciencia que, el arte de dominar sutiles palabras, requería un tono bajo pero cautivador. Los Analizadores eran quiénes tenían la tarea más difícil. Observaban un hecho y, al mismo tiempo, debían reinterpretarlo conforme a las necesidades, no dirían que el rico extranjero se apoderó de las tierras, en cambio, dirán que esas tierras les pertenecen, las han comprado honestamente y que el negoció benefició a la organización.

La mesa estaba servida y más pronto que tarde Los Ofendiditos estarán en desacuerdo con el bien y con el mal, con el oro y con el barro, con Maradona y con Ghandi, de esa manera los que estén en el medio deberán tomar postura o serán atacados vilmente y excluídos de la organización o los del medio deberán deambular por las dos posturas de la forma más solemne posible.

fin del relato