Había escuchado hablar, por intermedio de un amigo, lo que era “La congregación”. Un grupo de idiotas para mi, gente sin tiempo, que había caído en la nebulosa y buscaba dispersar el humo para traer claridad. Yo fui preso de ese ahogo. Sin un camino claro, el abismo te golpea el hombro. Todos allí lo sabían y buscaban la manera de evitar el vacío. Algunos de ellos lo llamaban pasatiempo otros «la juntada». Mi amigo me decía que se juntaban para olvidar las penas; yo sabía lo que era. No le rehuía a la soledad ni a los tormentos, pero la hiel que había probado hizo curtir mi sentido del gusto. Te vas a caer Perea, le decía, y ante mi prevención el se daba vuelta, me daba la espalda y revoleaba el brazo en claro gesto evitativo.
No volví a prevenir, simplemente me dediqué a contemplar. Estaban perdidos y yo solo quería ver cómo intentaban salir del laberinto mientras podría comer algún chocolate, tomarme una cerveza, sobarle el lomo a mi ego diciendo vos-la-viste-primero. Lejos de mi arrogancia me situé al costado de ella, en el lugar de la falsa modestia, sé un poquito, decía yo, no tanto. La congregación no tenía mucho misterio era un grupo de tarados que se juntaban a intentar abrir un portal del tiempo o algo así. Hacían un ritual, quizás para combatir al tiempo, para sanar viejas rencillas o seguir despertando su curiosidad. No había acto más egocéntrico que decir «yo sabía que iba a funcionar». No estaba mal gritarlo si algún día todos esos presagios dieran resultados. Pero todos sabíamos que, ignoro si ellos lo querían ver o no, que se juntaban para evitar el resultado final: el portal. Sabían que cada encuentro decretaba la muerte de La congregación y, pude ver, al menos la primera vez que fui, hace unos siete meses, cuando recién empezaban, como alguno de ellos cometía errores infantiles. Querían disuadir la idea del fin. Querían patear el abismo. Yo, que soy alcohólico, lo veía claramente y no quise decirlo pero: o te hundís el abismo o tratás de saltarlo. Ignoraban mis advertencias y me decían que era un viejo idiota pero aún así me seguían invitando como espectador a su ritual de cuarta.
Los martes de madrugada, se sucedían los rituales. Una vez cada dos semanas, en la habitación de Perea, un tipo alto, calvo y con pecas, le costaba respirar y a veces tenía voz nasal, no usaba anteojos, era el único en La congregación.
— Mañana es La congregación ¿venís? —Me preguntó Perea, me agarró del brazo para hacerme entender la importancia del evento—, encontramos el «Libro del clero» que nos dá nuevos indicios de cómo abrir La Hoz del Tiempo—ahí recordé cómo le decían ellos a esos portales.
Yo estaba interesado pero también aburrido de esos rituales estúpidos, donde a veces hablaban de teorías estúpidas, yo solo me tomaba una cerveza, quizás dos, a la tercera comentaba algo soez y los congregados se reían. ¿Ese era mi papel? Me pregunté una vez, ¿el de bufón borracho y anodino? ¿Me invitan porque creen que soy un espécimen al cual tienen que analizar? Manga de idiotas, ya verán.
— Bueno dale—contesté sin más dilaciones y Perea se fue, en su partida giró su cabeza para decir algo más.
— Trae vino hermano.
Con un halo de misterio se retiró el estúpido de Perea, que seguramente quería hacerse de las bufonadas mías. No me molestaba, era cierto, me daba rabia que ellos se creyeran sagrados y yo parte del vulgo, siendo que el rey era el que se sentaba en la silla diferente a observar a los idiotas. Me daba rabia muchas veces ir y encontrar el mismo panorama desolador, como si la vida se tratase de agonía tras agonía. Estos tipos no saben nada.
Me había cansado ya de toda esa parafernalia del tipo que observa, del tipo que advierte, del tipo que después de tres copas es soez, de ocupar el mismo lugar y rol cada vez, siempre claudicando a la voluntad de decirles, de una vez por todas, la miseria que estaban perpetuándose a ellos mismos. No iba a ser fácil. Nadie dijo que lo fuera. La vida no lo es. La mía tampoco.
Emprendí mi viaje a la casa de Perea, ese martes a la madrugada y con mi vino. Esperé en el portal a que me abrieran y me recibió Corina, una chica de unos ¿cuarenta? quizás, no lo sé, con una sonrisa enorme, como si un demonio sonriera por ella. Corina era solo un títere. Parecía poseída. No arribé a la sala que me lo topé a Tomás, un tipo de mi edad, amable y que trataba de mantener la solemnidad, sin parecer un reverendo estúpido, aunque fuera solo un estúpido. La sala presentaba la mesa redonda de siempre con un mantel de flores, a la derecha una chimenea que no era usada pero que conservaba algunos troncos quemados y telarañas. Había fotos enmarcadas en las paredes de distintas congregaciones, yo pensé que esto arrancó hace poco, después me enteraría que ellos son los miembros más recientes. Había un puerta corrediza cerrada que por debajo dejaba entrever una luz cálida que era la entrada a la cocina. En frente de la mesa redonda mi sillón de siempre, derruido por el tiempo y la humedad, había perdido los colores, las flores ya no se distinguían las unas de las otras, era un reflejo de mi mismo, un broma bastante irónica que me tendían. La goma espuma seguía allí y era cómodo, al lado una mesa redonda pequeña con pies de metal y la superficie para apoyar mi copa de vino era de vidrio. Hacía un leve «crin» cuando apoyaba la copa, de modo que, entrada la sesión, trataba de apoyarla lo más cuidadosamente posible. Me senté, paciente, a esperar que todo comenzara, otra vez.
— Esta vez, habrá algunos cambios—Me advirtió Perea y siguió—: en este nuevo libro dice que todo lo que hicimos estaba incorrecto, debemos girar nuestros vasos a la derecha no a la izquierda, agarrarnos de las manos, tirar azúcar no sal al suelo, ahí es cuando te vas a tomar un sorbo de vino, luego Adriá matará a la gallina y servirá nuestros vasos—fruncí mi ceño extrañado cuando escuché esto, ellos eran un grupo de gente estúpida, no sádicos con sed de poder, las axilas destilaban algo de intranquilidad—. Cuando eso pase tenemos que tomar nosotros la sangre, ahí es cuando todos tenemos que pensar un número del uno al cien, prestá atención vos también lo harás. Debemos decir esos números en orden.
— ¿Vos me estás jodiendo?
— ¿Te quedó claro? ¿Alguna pregunta?
— Dejate de joder, yo me voy a la mierda
— ¿Qué pasa?, ¿no era que somos un grupo de estúpidos? Si somos tales estúpidos, como vos nos soles llamar en privado, quedate, así podés demostrar tu sabiduría, quedate así nos hacés quedar como unos idiotas, nos empujas al abismo como vos decís.
No pude decir nada, porque en parte era todo verdad, así que me quedé sentado y solo pregunté:
— ¿Qué pasa si los números se repiten?
— No va a pasar, créeme, esta todo predestinado, nuestras historias son tan distintas que desde el sempiterno núcleo que da la vida nos será brindado el número, sólo tenés que decirlo. No lo tenés que pensar. ¡Gente! ¡¿Me escuchan?! —Ahora Perea dirigió la atención a todos, pero el murmullo seguía y tuvo que hacer más énfasis—: ¡ESCUCHENMÉ CARAJO! —Todos se callaron, se hizo silencio y siguió con aires de grandeza—. Todos ya estuvieron repasando lo que tienen que hacer. El libro lo dice claro una vez que hagamos todos los pasos abriremos La Hoz del tiempo, no puede haber errores, una vez abierto conoceremos muchos misterios de la humanidad que la ciencia explica con palabras raras pero que podrían significar cualquier cosa. Conoceremos con las verdaderas palabras el significado del tiempo.
Yo estaba perplejo, parecía que iba en serio ahora, este ritual era distinto a otros, Perea sonaba más enfocado, más elocuente, Corina no dejaba de sonreír de manera diabólica. Adriá no paraba de mirar hacia arriba y suspirar cada tanto. Tomás dejaba reposar sus manos hacia atrás y permanecía erguido, sus ojos parecían buscar palabras en la eternidad. La concentración era extrema. Empecé a sudar y las palpitaciones se hicieron más fuertes, me agarré del sillón creyendo que eso me daría seguridad, respiré hondo para darme tranquilidad. Quise irme, pero si lo hacía, me dejaría de sentar en el lugar de la falsa modestia para pasar a sentarme en la de los eruditos que no han leído, pero hablan raro. Odiaba ese lugar. Solo para salvaguardar mi honor, mi identidad, una pregunta fugaz azotó mi momento de quietud: ¿no me estaré sentando en el lugar del ego no? Guardé calma. Debía contradecir esa pregunta retórica, mi estancia debía ser por honor, no por ego. Repetí ese mantra por un rato: me quedo por honor, no por ego. Hasta que esas palabras se hicieran carne en mi memoria y, al contar esa historia de nuevo, dijera: me quedé por honor. Ahora que reveo los hechos parecen más nebulosos. A veces actúo por honor y otras por miedo, pero jamás convencido de qué es lo correcto.
Las luces se fueron, unas velas negras al rededor de la mesa se encendieron. La atmósfera era de quietud y tensión, subyacía la idea de que algo nuevo podría venir. Todos se sentaban derechos, ninguno encorvado. Perea empezó gritando ohmm para armonizar las vibras de todos, todos se agarraron de las manos, Perea seguía armonizando y todos cerraron los ojos y se sumaron a la armonía en distintos tonos, formando una especie de acorde místico. Los otros siguieron y Perea detectó que Adriá debía subir un semitono para formar Si bemol menor séptima. Perea rompió la cadena de manos y se frotó las suyas, nunca abrió los ojos. Los demás seguían armonizando y agarrados de las manos. Perea gritó «¡Arriba!» y todos subieron la armonía al siguiente tono, era más agudo. Perea empezó a aplaudir marcando un ritmo de cuatro por cuatro y recitó al mismo tiempo que la armonía subía de tono:
Este es… el tiempo de los desesperados
La fortuna no estará en los teoremas, estará en el tiempo
los conglomerados fracasaron
las pieles quieren ser arrancadas
por donde pasa el agua fluirá también el viento
por donde pasa el tiempo
estaremos eternos
¡Queremos saber las respuestas de la humanidad!
¡Te las pedimos!
valoramos los esfuerzos pero ya son en vano
si preguntando se llega a Roma
romperemos los monumentos
trazaremos las nuevas rutas
tentaremos al abismo
¿Cuándo se va a romper el tiempo?
Para que nos veamos repetir este fracaso
De vida
(De vida)
De gula
(De gula)
No hay guía
(No hay guía)
Trémula hacia la nada hasta que te abras en mil partes
Cuando terminó de recitar el poema todos hicieron silencio, la armonía se detuvo, el aplauso se paró, todos abrieron los ojos, Perea los miraba orgulloso. Fue cuando sin más dilación giraron los vasos a la derecha, el corazón me palpitaba, la garganta se me secó, no tenía saliva, no podía tomar porque no quería arruinar el ritual, aunque no creyera en nada, no quería que me miraran como un paria. Se agarraron de las manos. Sentía el corazón a mil, no quería ver mi momento llegar ¿moriría acaso? Temía que mis últimas palabras fueran tan absurdas como hediondas. Tiraron el azúcar al suelo, sentí que era mi fin, no podía más, el sudor me invadió por todas partes, sentía que me defecaba encima, respiraba sin parar. Perea me dirigió una mirada enjuta y supe que no tenía escapatoria. Tomé el vino con los ojos abiertos, derrumbado por el miedo, la mano me temblaba. Me costó tragar. Nadie se rio, sentí alivio de saber que esto no era parte de una broma. Perea y los demás empezaron a golpear la mesa primero lento y el ritmo iba aumentando. Adriá tomó la iniciativa y se levantó con los brazos extendidos, haciendo gala de su sotana negra al igual que todos. Fue hacia la esquina más cercana a él donde estaba la gallina. La agarró del cogote y aunque la gallina gritó por un segundo le arrancó el cuello con la boca, no con la mano como me esperaba, con la boca. Para ese momento no entendí por qué dije que si, qué pasaría a continuación, estos locos estaban dispuestos a todo. La gallina quedó suspendida en el aire, sin ánima, como si fuera una serpentina, Adriá procedió a servir los vasos, uno por uno, el último fue el de Perea. Cada integrante dejaba de golpear la mesa a medida que recibía su bebida. Todos alzaron los vasos, yo no podía pensar en otra cosa más, estaba en blanco, todos bebieron y sin esperar un segundo el número me había caído. Lo vi, casi como si lo pudiera tocar, estaba ahí, en frente mio, en la sala, era único lo que estaba pasando. El silencio se hizo presente y todos se pusieron de pie. Yo no tenía energías para eso, solo esperanzas. Perea, que parecía sumido en un trance, con los ojos en blanco gritó: «¡EMPECEMOS!».
Nadie hablaba. Los pensamientos llenaban la sala. Una fuerza extraña, que provenía del sillón, algo ancestral me empujó a hablar y decir: ¡CINCO!
Al segundo que dije esto todos gritaron «¡SI!». Me sentía relajado, convencido de que mi tarea fue lograda con éxito.
Los demás fueron uno a uno concentrándose cada vez más. Tomás, sin emitir palabra alguna, abrió sus ojos de par en par, los otros lo observaron por un segundo y parecieron validarlo con la mirada, dijo «CATORCE» y todos gritaron «si» de nuevo. Faltaban Corina, Adria y Perea. Había en el ambiente una especie de conexión mental, como si trataran de enviar información a través del éter. Parecía que ellos tres, los que faltaban, se conocían más, tampoco necesitaban tantos gestos. Perea rompió el silencio solo para decir y afirmar: Ya pasó el tiempo de los desesperados. Adriá supo que iba él, podía leerlo en su cuerpo y dijo: CUARENTA Y DOS, todos, de nuevo, festejaron. Corina y Perea bailaban en una danza telepática, Corina no dejaba su sonrisa demoniáca atrás y Perea estaba más convencido que nunca. Perea, otra vez, habló, luego de diez segundos y afirmó: «Ya pasó el tiempo de los desesperados». No bien terminó la frase dijo: CINCUENTA Y OCHO. Todos festejaron. No se podían abrazar, debían permanecer en ronda donde en el centro estaba el azúcar. Corina, finalmente, sin esperar ningún nuevo anuncio dijo su número: Ochenta y dos. Se agarraron de la mano de nuevo, saltaron sobre el círculo de azúcar, un viento que entraba sobre una ventana se fue acumulando en la sala, parecía querer formar un remolino. El azúcar jamás se movió del centro pese al viento. Giraban en ronda cada vez más rápido y gritaban chillidos y alaridos. Perea dijo algo así cómo: ¡Te ordeno que te abras HOZ!. Perea entró en trance, sus ojos se aventuraron hacia arriba. El azúcar empezó a chispear, Adriá agarró los retazos de la gallina muerta y volcó algo de sangre sobre el azúcar y empezó a hacer más chispas. El remolino era cada vez más fuerte. Yo me cerní en mi sillón y agarré fuerte mi copa mientras tomaba otra sorbo más de vino. La chispa era enorme, podría ser un rayo. Miré la botella y solo quedaban unos sorbos, ¿estaré borracho? Esto es real, tiene que serlo. La chispa comenzó un fuego azul en el centro de los tipos que yo llamaba idiotas. Vi con mis ojos como un anillo azul vertical se iba construyendo. Primero pequeño y tímido, conforme pasaba el tiempo, el haz era más grande. Una vez completado el ritual el portal parecía erguido y poderoso. Los congregados danzaban alrededor del portal. Me levanté, algo me invitó a hacerlo y la luz me arrastraba hacia ella, como si yo fuera un bicho ignorante. Perea, que ya no estaba en trance, tenía los dientes iluminados y sonreía de tal manera que nunca iba dejar de hacerlo. Me acercaba paso a paso y Perea, con ademanes, me indicaba que viniera. Mientras los demás congregados seguían dando vueltas alrededor del portal. Atravesé la ronda, estaba cegado por la luz, por el vino, por el miedo. Cuando llegué al centro, la ronda dejó de girar, los alaridos cesaron, todo se detuvo, solo Perea se movió hacia mi y me dijo al oído:
— Dale, entrá y decime que viste.
No fue necesario que me empujaran, yo caí como una mosca, no podía oponerme, tenía que entrar. Me intrigaba lo que fuera a ver, una gran verdad del universo o de la humanidad que luego dudaría en contar por miedo a represalias.
No puedo recordar con exactitud qué sentí cuando atravesé el portal o la Hoz del Tiempo. La sensación fue novedosa. Podría parecerse a la vez que salté en paracaídas, al principio grité tanto que me quedé sin aire.
Apenas atravesé el portal una luz me arrebató la visión y me dejó ciego. No puedo explicar a ciencia cierta por qué veo lo que veo. Yo estoy quieto y los eventos se mueven. Estoy viéndonos a nosotros, al ritual de estos imbéciles suceder, continúan, son eventos que no he visto: Perea dándome un abrazo, Corina sin su sonrisa demoníaca, exorcizada; Adriá sentado, con aire de congoja y con una mano sosteniendo su cabeza, yo parado con los ojos absortos, mirando la nada. Me dieron, mejor dicho me darán un vaso de vino y lo dejaré caer por el shock del momento. Las imágenes se suceden como en una diapositiva, el único estático soy yo.
El tiempo o el espacio, como esos idiotas decían, parece oscilar de otra manera. Cuando trato de moverme el escenario cambia rotundamente, con solo dar un paso estoy en Parque Rivadavia, daré otro y llegaré a Almagro donde vivo actualmente, ¿habré llegado? La gente ha perdido la calma a mi alrededor ¿Podrán verme? Los sonidos se agolpan en uno solo, las conversaciones llegan al mismo tiempo; solo puedo oír palabras dispersas. Espero a que el escenario desemboque en mi casa, temo dar un paso más, quiero evitar que el tiempo oscile de nuevo. Detrás mío el portal me acompaña. En mi casa, en mi monoambiente citadino, estoy yo hace algunos años, lo sé por el tatuaje en mi brazo, no está allí. ¿Estoy en el pasado entonces? Creía que avanzaba solamente. Luzco contrariado, pero la escena que estoy viendo es evidente, no tengo dudas. Estoy regando las plantas y tomando agua. Recuerdo muy vagamente lo que veo, mi memoria, como el tiempo, ha oscilado para protegerme de mis propias garras. Todo parece inmaculado, brilla, me veo sano, alegre y no este estropajo que soy ahora. Siento curiosidad por recordar qué se ha roto dentro de mi. Llega Gabriela del trabajo, su cara es sombría y tenebrosa, su mutismo es la antesala de lo que vendrá. No escucho que dice, los sonidos llegan tarde y solo distingo pocas palabras: mal, no quiero, depresión. Salgo de la casa, estoy sonriendo quiero poner paños fríos, ahora recuerdo por qué fui a comprar algo, la memoria vuelve a mi como el cauce de un río. Presiento que veré aquello que descubrí aquel día. Gabriela está escribiendo una nota, jamás la vi y hoy la descubro, para dar la estocada final y partirme en mil pedazos. «Las malas lenguas dirán que no te amo, las verdaderas dirán que te quiero abandonar». Jamás vi las señales. Gabriela se había suicidado, el ruido del disparo llegó hasta la calle.