Xi’an es una ciudad del norte de China conocida principalmente por los Guerreros de Terracota, casi más de ocho mil soldados de arcilla dispuestos uno detrás del otro custodiando al emperador para evitar cualquier asedio enemigo. Tiempo atrás, otros emperadores, al ver cercana la muerte, obligaban a todos sus allegados, algunos soldados e incluso servidumbre, a ser sacrificados para que los acompañen en la otra vida. Claro que esto era un privilegio, no era visto como un castigo. Luego de la hambruna y las guerras, la escasez de soldados se hizo notoria y era prioritario defender el territorio. Las costumbres fueron cambiando poco a poco y los sacrificios ya no eran una opción viable. Ante la amenaza enemiga y la posibilidad de su propia muerte, el nuevo emperador dispuso la creación de más de ocho mil soldados para defenderse en el más allá. Todos son distintos, antes coloridos ahora despintados, siguen manteniendo las facciones y la pose intacta a pesar de los miles de años.
Habíamos llegado desde Chengdú en tren y nos tomamos un DiDi para llegar al alojamiento que estaba cerca de la muralla de Xi’an, otra de las grandes atracciones. El hotel era de bastantes pisos y la habitación era muy grande, lo suficiente como para que los cuatro, Ayi, Elian, Nati y yo, durmamos cómodos. Era un piso alto como dije y la ciudad de noche se veía iluminada, los haces de luz de los coches que andaban por las carreteras pintaban la acuarela de una ciudad que parecía no dormir. Acá en Xi’an vivió un amigo que está ahora en Nueva Zelanda así que primero le mandé una foto celebrando mi llegada y pidiendo recomendaciones. La gastronomía China está signada mayormente por lo picante, es una faceta poco conocida por occidente pero parecen tener bastante gusto por este tipo de condimentos. La «Hot Pot» que es lo más típico de China tiene sus distintas versiones a lo largo y ancho del país.
Para quien no sepa de lo que estoy hablando, la Hot Pot es básicamente un caldo que se mantiene caliente y con la ayuda de los palitos, uno introduce alimentos, los cocina en ese caldo caliente y luego lo come. Lo más cercano que uno podría conocer es «La fondue». No tiene mucho misterio, pero la magia está en compartir con otras personas el momento. Entre los alimentos se puede incluir carne, todo tipo de verduras, hongos; prácticamente cualquier cosa puede sumergirse en el caldo.
Esa noche llegamos con un poco de hambre, queríamos comer algo y recorrer la zona. Yo no estaba dispuesto a viajar mucho ni a gastar plata, es una constante ahora en mis viajes, tratar de no gastar mucho dinero y utilizarlo en excursiones o cenas importantes que valgan la pena. Esa noche caminamos, la noche estaba cálida y no parecía que iba a llover. Cruzamos una ancha avenida, el semáforo tardó mucho en cambiar, frente a nosotros había una especie de Seven-Eleven, que pintaba permanecer abierto hasta muy tarde, ningún chino sabe inglés por lo que comprar es solo un intercambio de ademanes y al final decir «xièxie». Terminamos de cruzar, no estaba todo tan iluminado, el alojamiento se encontraba en una zona céntrica pero no en medio del caos, por lo que todo se presentaba como un caos ordenado. Los autos frenaban a tiempo, se oían bocinas lejanas, la gente que comía en los restaurantes generaba un bullicio moderado, no circulaba mucha gente por la vereda; no había que esquivar transeúntes como si fueran balas salidas de un arma. Todo se presentaba calmo pero con cierto movimiento, lo cual inspiraba cierta confianza. La diferencia con Zhangjiajie no era tan evidente, pero se acentuaba un poco más el orden, parecía haber más urbe por este lugar. Caminamos por la vereda y vimos en frente un restaurante solo visitado por dos mujeres de mediana edad, el lugar era amplio, las luces invitaban a pasar, me había llamado la atención pero solo porque el de al lado estaba colmado de gente y este estaba vacío. Seguimos por la misma vereda y en la esquina decidimos que era hora de elegir un lugar, la zona parecía no prometer otros lugares.
Cruzamos solo para ver el menú del lugar que estaba vacío, no parecía distar mucho de otros menúes, teníamos que traducir así que me guiaba por las fotos. Había Hot Pot, algo con arroz, algo con fideos, otras cosas raras que no sabría decir y las bebidas.
Ninguno tenía la convicción de quedarse, la psicología del consumidor estaba haciendo efecto: no se debería entrar a un lugar vacío. Mis pies empezaron a apuntar hacia el lado del alojamiento pero mi cuerpo se detuvo al ver una mano que hacía un ademán, una de las chicas que estaban sentadas antes nos invitaba a compartir la mesa, torné mis pies y agradecí la invitación pero queríamos buscar otra cosa. Ella insistía y añadió algo así como «free» y nosotros abortamos la retirada, la miramos fijo y repreguntamos:
— ¿No money?
— Yes, no money.
La gente de China tiene una tendencia a querer sacar provecho de las relaciones comerciales, sobre todo del turista y sobre todo cuando uno va a comer. Las cartas usualmente no tienen precio y esto genera muchas veces que el precio se ponga en el momento, a veces se cobran recargos por vaya a saber uno por qué. En Zhangjiajie habíamos tenido un episodio similar donde, en un restaurante, que nos había invitado la gente del hostel, nos habían cobrado ciertas cosas que se suponían eran de cortesía. Nos cobraron cubiertos, unos platos nuevos, unas frutas y la cena. El sobreprecio no era tan fatal, pero la actitud de nuestros anfitriones caló tan hondo en todo por lo vil y descarada que, en eventos venideros, particularmente yo, estuve más atento que nunca. La pregunta no fue una muestra de desconfianza ni mala educación, fue fruto de un aprendizaje.
Ante la confirmación por parte de las chicas de que no había que pagar nos sentamos y agarramos algunas cervezas, también les invitamos una para demostrar cortesía. La mesa estaba dispuesta quizás faltaban los pichones o la carnada para empezar a comer. Trajeron el caldo y lo ubicaron justo encima de un anafe, iniciaron el fuego a una temperatura baja como para mantener el caldo hirviendo, cada tanto iba vertiendo agua para que el caldo no se evaporara. Había carne de cerdo, algunos hongos, verduras en su mayoría, carne de vaca, una especie de mortadela o salchicha que no alcancé a probar porque no se veía bien. Sumergí una carne primero, esperé unos minutos, no mucho realmente, quizás fueron segundos y luego degusté mi primer bocado, estaba muy picante, me asomé para ver el caldo, para ver qué aspecto tenía y se lo veía color séptimo infierno de Dante, un rojo verano de cuarenta grados en el norte argentino, algo que invitaba a pensar que si consumía este caldo por mucho tiempo podría llegar a perder uno de mis sentidos. El picor empezó a calentar mis venas, empezó a humedecer mi nariz y mis ojos, de mi aliento salían notas picantes y bebí cerveza solo para aplacar el calor que emergía de mis papilas. Traté de contener el aliento, de mantenerme impasible, hacer de cuenta que la vida seguía. «El oído», pensé, «el sentido que perdí es el oído», hasta que un leve sonido de autos circulando, de bullicio de gente hablando una lengua desconocida pero humana, destapó mis orejas y pude concentrarme de nuevo en la charla.
Preguntamos si vivían acá, de qué trabajaban, qué hacían de su vida, las dos tenían un inglés bueno para los estándares que venía viendo, casi nadie habla inglés, es muy raro, todos hablan en chino no importa que tu cara sea occidental. Una de las chicas nos contó que estaba abriendo el restaurante y que esta era la gran apertura, que éramos los primeros clientes. Me sentí halagado de verdad, me dio alegría contribuir a la historia de este restaurante. Nos contó, también, que no estaba en pareja, que era complicado porque primero quería consolidarse como empresaria, Ayi era la más activa en la comunicación, cada tanto una risa afluía, por algún motivo desconocido por mí, pero que, adrede, decidía acompañar en los momentos que se daban para generar un clima cálido. La cena tenía sus altibajos, pero nunca se tornó espeso el ambiente, la otra chica, que parecía acompañar a la amiga en la apertura, hablaba un inglés muy básico así que no hubo mucha conversación, solo silencio. La dueña del local cada tanto iba y venía pero cuando volvía a la mesa permanecía un buen rato. El detalle que recuerdo es que habíamos comprado una cerveza para cada uno, éramos seis en total, cuatro nosotros y dos ellas, pero la dueña decidió no beber su cerveza así que la terminamos bebiendo nosotros, primero por la falta de hidratación, segundo por el calor que generaba el caldo y tercero para no desperdiciar, ya estaba abierta. Para nuestra tranquilidad la dueña nos comentó que no bebe cerveza, que prefiere otras cosas.
Cuando transcurrió una hora u hora y media, era tarde para nosotros y teníamos que levantarnos temprano para la excursión de los Guerreros de Terracota, cordialmente le dijimos que nos íbamos. Nati fue la encargada de ir a pagar las cervezas, pues entendimos que no estaban incluidas en el menú. Ayi, Elian y yo mirábamos todo desde afuera. Terminamos de liquidar la cerveza y, mientras la amiga de la dueña permanecía sentada mirando el celular, entre risas, ficcionábamos el diálogo que, hipotéticamente, podrían estar teniendo entre Nati y la dueña. Ayi aventó a modo de broma:
— Ahora le va a cobrar todo.
Todos reímos y alguien dijo:
—No creo que sea tan hija de puta, si dijo gratis y le preguntamos, capaz hablan de otra cosa.
La transacción parecía demorarse, Nati parecía decirle algo que ninguno podía oír. Elian dijo algo así como:
—Me parece que es en serio, no era joda que le van a cobrar todo.
No lo quise creer hasta que Nati tornó su cara para vernos, su faz era de un cuasi temor, como pidiendo refuerzos, una sonrisa metálica, dura y una mirada gélida se dejaba ver. Elian reforzó diciendo:
— Me parece que alguno tiene que ir.
Entre todos coincidimos que esa cena era gratis, pero que no estaba mal pagar una parte. Yo decía que no, que dijeron que era gratis, y sentencié, ya presto para el combate, con:
—No me va a pasar de nuevo —me levanté de la silla y acudí al local para ver qué pasaba.
Nati me contó brevemente que le cobró el total de la cena, ella le dijo que no, que era gratis, pero que pagó todo porque pasó tan rápido que creyó leer 24.7 yuanes, valor aproximado de las cervezas, en lugar de 247 yuanes que era lo que le habían cobrado realmente. Me acerqué y la dueña nos quiso cobrar, entonces, nuestra parte de la cena; le dije que no nuevamente. Ella insistió por su lado, agarré el traductor y escribí algo así como: «Antes de entrar te preguntamos si era gratis y dijiste que sí, preguntamos de nuevo y lo confirmaste, solo te vamos a pagar las cervezas que son unos (no me acuerdo cuánto) yuanes». Ella como que hizo que no, se negó a cobrarnos eso e insistió en que todo estaba bastante claro y le repetí que no, que ella había dicho «No Money» y que solo pagaríamos las cinco cervezas. Hubo más idas y venidas pero dentro del mismo tópico, era un tire y afloje, intercambio de mensajes traducidos, insistimos con que ella dijo «No money» y ella que no era así.
Finalmente todo terminó en que le hicieron la devolución del dinero a Nati, los 247 yuanes, y nos cobraron las cervezas. Durante el camino de vuelta se dio el debate entre nosotros de si estuvo bien o no, creo que mi conclusión en ese momento fue:
—Si hubiera tenido que elegir, no iba a ese lugar, solo me senté allí porque me dijeron que era gratis.
Todos coincidimos en que nadie eligió ir allí. Terminé la noche entrando al Seven-Eleven chino que estaba frente al alojamiento para comprar algo de comer, puesto que no comí mucho de la Hot Pot, estaba picante y los alimentos tampoco estaban muy apetecibles. Rescato que al menos probé cosas distintas, hongos que no conocía y una especie de alga.
No muchas veces la gente tiene la intención la hacernos daño o intentar estafarnos, no siento que esto haya sido en contra mío, quizás fu un malentendido; decido partir de esa base. Lo que hizo que mi postura adquiera cierta reticencia fue que pensé que todo estaba claro. No elegir es parte de la elección que había tomado esa noche, yo quería comer algún arroz u otra cosa distinta, si bien en el momento todo se puso tenso, la tensión duró apenas unos diez minutos, nadie puso piedras ni palos en el camino, nadie velaba porque el conflicto siguiera, sino porque, evidentemente, hubo un malentendido. La dueña atendió nuestro reclamo y agradezco que así sea. Esto no cambia para nada mi impresión del lugar, de la gente, del turismo, de los viajes, cada vez que me toca repasar mi viaje por China lo hago con mucha alegría, recordando lo increíble que es el país. Cuando recuerdo este episodio lo hago con gracia, recuerdo la frase «No money» y me tiento, me genera gracia, porque yo le decía a la dueña eso mientras hacía el ademán típico italiano de montoncito. Estos son solo episodios dentro de un viaje que me llenó de sabiduría, es otra cultura y uno debe respetar y entender.
No cuento esto para crear un prejuicio, porque entiendo que es lo más fácil, sino para contar algo cotidiano y divertido, cada uno debe sacar sus conclusiones. Yo volvería a China definitivamente, aunque sea un desafío enorme.
