Nuestro arribo a Mildura allá por julio del 2024 fue tumultuoso. Teníamos la reserva de una habitación por un mes a un precio irrisorio. No conseguíamos trabajo por ningún lado y los ahorros iban mermando. Yo no paraba de comerme las uñas, de caminar, de ir y venir; la locura me iba consumiendo en silencio. Atrás quedó el trabajo de cosechar cítricos; los días siguientes vendrían cargados de incertidumbre. El dinero se me estaba agotando. Vivía para ese entonces en Cardross, un pequeño pueblo dentro de Mildura, una ciudad grande, de unos treinta y un mil habitantes; visto en perspectiva no es muy populosa y, como era de esperarse, no había muchas oportunidades. Cansado ya de todo este agobio, salí a recorrer el centro. La calle principal, según recuerdo, era de unas diez cuadras a la redonda, quizás cinco con muchos negocios y luego iban mermando en cantidad. El inicio estaba delimitado por una fuente; no decía mucho, era de un metro setenta, y el agua que manaba hacia arriba apenas alcanzaba el medio metro. Yendo hacia la izquierda, por una calle, yo solía dejar currículums; fui solo una vez. No tuve éxito.
Un día de esos, recibo una llamada de un número desconocido. Atiendo naturalmente. Era la voz de un indio preguntándome qué experiencia tenía y si me parecía bien presentarme a una entrevista al día siguiente. Le dije que sí. Necesitaba el trabajo urgente. Había que pagar la renta y, si bien el gasto estaba cubierto, no estaba de más recibir un dinero extra por si acaso. A decir verdad, la idea de trabajar con un indio no me seducía para nada; ya había trabajado una vez, en Nueva Zelanda, para clientes indios de alta alcurnia. No es una experiencia que recomiende.
Son personas que casi no tienen modales, no dicen gracias, por favor, y esas cosas que mi madre me enseñó de pequeño. Recuerdo una vez que estaba atendiendo una mesa larga y una parte de la mesa, donde estaba sentada una pareja de unos cincuenta o sesenta y tantos, había dejado los platos sucios y yo debía levantarlos. Me acerqué ya un poco cargado, con algunos platos en mi antebrazo, a levantar esos dos platos y, por algún motivo, la mujer no me vio pero el hombre sí. La mujer, si bien no me abría paso, no era necesario que se corriese, pues yo podía levantar el plato igual. Fue ahí que vi un gesto por parte del hombre de lo más desagradable; la había golpeado con el codo en el brazo a la mujer, de una manera muy brusca, con fuerza diría yo, para avisarle de que «el camarero» debía levantar los platos. Mis ojos se abrieron como una ventana, no sabía qué decir, mi instinto fue huir con los platos y no volver nunca más a esa mesa.
Con este recuerdo navegaba yo las calles previo a la entrevista y, bajo el mantra de «No debo prejuzgar a la gente, por más que haya tenido una mala experiencia», me presenté a la hora indicada. Me preguntaron por mi experiencia, me comentaron cómo es la dinámica, cómo es el pago, los horarios, la vestimenta, la carta y demás; quedé contratado para empezar esa misma semana, el jueves si mal no recuerdo. Estaba contento; mis futuros jefes parecían amables. Compré la ropa que me faltaba: unos zapatos formales, una camisa negra, medias, y el jean negro ya lo tenía. Recuerdo que esperé el primer pago para cortarme el pelo porque lo tenía muy largo, demasiado; en vano, porque luego de una semana y media trabajando renuncié. Jamás esperé ese trato por parte del jefe que parecía amable y paciente al principio; luego mostró su verdadero rostro, el de un indio poseído por la codicia que, bajo su sistema de creencia, cree que puede vejar a sus empleados.
La estructura jerárquica era simple, como en todo restaurante; este no era la excepción. Estaba el gerente —el indio que me contrató—, tenía una cara enjuta, ojos redondos, un metro setenta y cinco, pelo corto y negro. El supervisor, de un metro sesenta y con pelo mucho más corto. La cocina, integrada por el chef y dos ayudantes de cocina que iban rotando muy seguido. Eso era todo. Yo era solo un eslabón dentro de este pequeño engranaje.
Empecé mi primer día con energía y entusiasmo. Al ser mi primera experiencia real con australianos, me era muy difícil entenderles; el acento era fatal. Con suerte, tenía un leitmotiv que había aprendido de un amigo: «El cliente quiere que le traigas lo que espera, no se va a molestar si le preguntás de nuevo». Sabía que, por más que no les entendiese, estaba seguro de que les brindaría un buen servicio. Yo actuaba con prestancia y diligencia; si bien todavía no me había aprendido la carta, la gente se mostraba receptiva hasta el punto de señalarme en el menú lo que querían.
El supervisor, el del metro sesenta, me explicaba los pormenores del trabajo: cuándo llevar el agua, cuándo ir al baño, cómo servir los cócteles, cómo llevar los platos, qué cubiertos usar y dónde estaban, cómo limpiar y armar una mesa. En mi primer día no puedo decir que me lucí, pero no me fue tan mal. Al final del día me comunicaron cuándo debía volver —al día siguiente— y a qué hora. No me felicitaron, pero los noté satisfechos con mi trabajo.
El viernes fue más concurrido y tuve que correr un poco más, sin prisa pero sin pausa. Con menos tiempo que ayer, solo pude memorizar algunos «steaks».
Todo aquel que haya trabajado en restaurantes sabe que lleva su tiempo recordar cada plato; más difícil es en otro idioma.
Los días iban pasando en la misma sintonía: no me felicitaban, tampoco me retaban, pero era como si con la mente me dieran una palmada en la espalda, tratando de decir que estaba todo bien. De vez en cuando se acercaba el gerente con alguna que otra rencilla que yo sabía resolver porque conocía el paño. Rencillas del estilo: «No llevaste a tiempo este plato»; yo decía que estaba esperando el otro. Que había llevado mal la bebida; yo le decía que me lo había pedido otra persona de la mesa, quizás olvidé anotarlo. O que la comanda estaba mal hecha, no era mi culpa, no sabía usar el sistema. Conforme pasaban los días, su tono se recrudecía; podía oler la hostilidad. No era agresivo, sino que su mirada era dura —parecía MJ en Thriller cuando se transforma en zombie; esa mirada tenía—. Yo estaba en calma porque mi trabajo estaba bien hecho; los clientes eran amables conmigo. Si bien a veces el lenguaje era una barrera, no había mucho malestar por parte de ellos; era algo que podía sortear.
Recibí mi primer pago acorde a lo que había conversado. Fui a la peluquería, me corté el pelo para estar más presentable. Me citaron para trabajar un jueves, viernes y todo el fin de semana. El jueves lo transité bien; el gerente cada vez era más hostil, su mirada era más cruda, empecé a temer lo peor. El viernes, después del servicio, sucedió la crónica de una muerte anunciada. Al final del servicio, como bien dije, el gerente me pidió hablar por un minuto; le dije que sí. La primera parte de la charla giró en torno a mi desempeño como camarero. Me cuestionó, con un tono muy polite, por qué no me había aprendido la carta en este tiempo; hasta este momento yo no respondí y me limité a escuchar. Lo siguiente que dijo, una suerte de propuesta, fue lo que me forzó a tomar la decisión de no volver nunca más:
—Creo que para que mejores tu performance acá, tengas todo el tiempo que necesites para aprender el menú, lo mejor es que lleguemos a un acuerdo en donde ambos ganemos —esto ya me sonaba a discurso de estafa piramidal; no emití gesto y continuó diciendo—. Por eso considero que lo mejor sería pagarte en negro —exactamente dijo «cashee», que es la forma coloquial de expresar ese término—, así vos podés tener el tiempo que quieras para aprender el menú mientras seguís trabajando, sin que nosotros tengamos que pagar un costo alto por tus servicios.
De buenas a primeras me pareció una estupidez lo que me decía: era, primero, ilegal; segundo, inmoral; y tercero, fuera de los estándares que yo manejo. Ya había decidido renunciar; la cuestión ahora era cómo hacerlo de la manera en que se jodan y que no me molesten más. Ausculté la respuesta en mi cabeza por unos minutos y dije algo así como:
—Te entiendo, vos estás manejando tu negocio y vos sabés mejor que nadie qué es lo que tu negocio necesita —tragué un bollo de saliva que condensaba toda mi ira y respiré—. Lo mejor sería que lo piense y mañana te contesto. Gracias.
Me levanté, le di la mano y me fui. Cuando estaba cruzando el umbral de la puerta, el supervisor me dijo «Hasta mañana»; le dije «Hasta mañana». Por algún motivo que no recuerdo —quizás por mi cara, por el timbre de mi voz— me preguntó si estaba todo bien y yo le dije que sí, que tenía que pensar en lo que me había propuesto el gerente. El supervisor, sorprendido, me preguntó qué me había propuesto y yo le dije algo así como que mejor le preguntara a él, porque ya era tarde. Crucé la puerta. Subí al auto y empecé a rumiar; cada tanto exhortaba a mil demonios para que acabaran con ese local y se los comieran vivos. Puteaba como nunca. Puse «Todo un palo» para calmarme y llegué a casa irradiando una espesa bruma; mi mirada estaba en llamas, mi aura se encendió. No fue fácil dormir.
Al día siguiente, cerca de las siete de la tarde, me llega un llamado del supervisor. Intuí por qué me llamaba: yo no me había presentado a trabajar y supongo que quería saber si algo me había pasado. Atendí. Le dije sin dilaciones que no iba a ir porque no aceptaba las condiciones propuestas por el gerente; la plata era poca y yo consideraba que mi salario debía ser el anterior. Sonaba sorprendido, como no entendiendo de lo que hablaba.
—No entiendo, Matías, ¿de qué condiciones me hablás? ¿Qué hablaron ayer con el gerente?
— Qué me quería pagar «cashee» un sueldo menor y que iban a decirme qué días trabajar y cuáles no. No me conviene, pero gracias.
—No, pero ¡esperá! —noté una sincera sorpresa en su tono de voz—, yo… no sabía, dejame hablar con él, yo te puedo pagar la diferencia o le puedo decir que te pague la diferencia.
—No lo siento, no quiero volver tampoco; no me gustaron las formas.
Corté la comunicación y en sus últimas palabras noté cierto desaire, como si esta situación sucediera con asiduidad y el supervisor, víctima de esta arbitrariedad, tuviera que emparchar estas decisiones todo el tiempo.
Me sentí orgulloso de la decisión que tomé, lamentablemente reafirmé prejuicios negativos frente a gente que quizás no responde a estos estereotipos. Al poco tiempo, quizás dos semanas después, nos contrataron de la empaquetadora de naranjas y nuestra economía cambió; pudimos recuperarnos luego de una semana después. El trabajo en la empaquetadora era terrible, el trato pésimo, la paga excelente; tuvimos que guardarnos muchas lágrimas. Eso es tema para otro momento.