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Rutherglen (o el día de la degustación fallida)
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Rutherglen (o el día de la degustación fallida)

"Todo estaba en silencio. Escuché el rumor de una voz hablando. Me senté y me di cuenta de que hablaban de algo, pero no sabía de qué; escuché solo lo último y no pude dilucidar de qué se trataba."

Este es el lugar donde vinimos a hacer la vendimia. Un lugar desconocido que sin duda va a dejar su huella. Es un pueblo bastante turístico, rodeado de bodegas y sostenido por la comunidad que, al parecer, vio la oportunidad y la aprovechó. El primer día que entramos a trabajar a Stanton & Killeen, el supervisor, un tal JP, o dicho en inglés «jay-pi», nos mostró las instalaciones y nos presentó a todos. La inducción fue agotadora; a veces cansa escuchar tanto inglés, entenderlo y, al mismo tiempo, tener que seguir instrucciones. Afortunadamente ya teníamos experiencia en otras bodegas, cosa que facilitó la tarea. Me di cuenta enseguida de que la mayoría de la gente gozaba de una tranquilidad y bondad inusitadas. Me he cruzado con mucha gente amable y paciente a lo largo de mi estadía, pero este grupo humano parece tener otras aspiraciones; se mueven por el gen comunitario, desean que participes, no esperan a que te enteres al otro día. El día de mi cumpleaños —es decir, el tercer día desde que empezamos a trabajar—, al día siguiente, me compraron dos tortas. No me esperaba tal gesto y me sentí conmovido. Pocos días después escribiría en Instagram algo parecido a una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre el flujo del mismo y sobre el cariño que recibí.

El primer día de trabajo, más allá de la inducción y demás cuestiones administrativas, al final del día nos ofrecieron hacer un wine tasting o degustación de vinos. Estaba pactado, no fue algo sorpresivo, pero no me esperaba tal servicio y atención; los vinos, excelentes: había un shiraz que me había encantado, otro que no recuerdo, y el moscato para mí siempre es de lo mejor.

El pueblo tiene encanto, eso sí. Disfruto de caminar sus calles y de los pocos paisajes que ofrece. La segunda semana de trabajo, JP nos pregunta si queríamos asistir a una degustación entre colegas. Cada uno debería llevar un vino sorpresa; se degustarían todos los vinos a ciegas (con la etiqueta tapada) y cada uno —o mejor dicho, el que quisiera— debía dar una devolución y dar impresiones sobre el mismo. El restaurante parecía ser prometedor; la bodega era De Bortoli, la había visto en otras zonas y había aplicado para trabajar, pero sin éxito.

La puesta en escena era bastante simple: una mesa larga, dos pares de cubiertos dispuestos en cada asiento y una cuchara de forma transversal; se esperaban una entrada, un plato principal y un postre. Antes de que trajeran la entrada, degustamos unos vinos blancos, variados y con distintos aromas, variedades y gustos. Yo no pude identificar nada de ellos, solo si me gustaban o no. Entre copa y copa bebía agua para evitar cualquier síntoma de borrachera. Vino la entrada, algo muy extravagante, exótico y riquísimo, con alcaparras, carne en el pero fileteada como si fueran rábanitos y frutos secos como garrapiñada. Cuando la entrada terminó, los vinos siguieron desfilando; esta vez los rojos. Todos, o la mayoría, tenían una calidad suprema. Luego de cada degustación, algún enólogo o experto recogía el guante y daba precisiones sobre el vino: gusto, variedad, edad, notas y características. Fiel a mí mismo, al principio no me tomé esta escena muy en serio, parecía más una película de gente snob queriendo sacar a relucir su vocabulario. Todas me parecían palabras absurdas: que si tiene cuerpo, taninos, acidez, que si es joven, viejo, entre otras cosas que, por el idioma, no pude captar, pero se oían sofisticadas. Al poco tiempo, como era de esperarse, me tragué mis palabras.

La degustación siguió con la misma dinámica; yo no hablaba, evitaba el contacto visual con la señora que manejaba el evento, iba repetidas veces al baño para evitar cualquier invitación a disertar, pero llegado al final quise aportar algo y no salió muy bien. Nos trajeron un moscato y un oporto; había identificado el moscato por el exceso de azúcar y el otro me parecía un oporto, pero no estaba seguro, y cuando hube de abrir la boca se me olvidó mencionar que el otro era un oporto. Dije que el segundo (porque había sido servido segundo) era un moscato porque tenía mucha azúcar, dije «too sweet» y la señora que llevaba las riendas retrucó: «¿Is too sweet or very sweet?» y todos rieron, y yo nunca entenderé por qué. No llegué a ofenderme o sentirme mal, pero no me sentí parte de la broma. Traté de que esto no me afectara para nada. Otro enólogo empezó a hablar, un tipo que parecía no tener fin en su discurso, encontraba nuevos matices, nuevos destinos a los que arribar, distintas conclusiones, y era todo sobre un mismo vino. La primera vez me pareció interesante, estas últimas ya eran muy largas; sentí cómo todo se volvía más denso y yo no tuve mejor idea que escapar e ir al baño. Cuando regresé, no pensé que iba a suceder otra de mis performances.

Todo estaba en silencio. Escuché el rumor de una voz hablando. Me senté y me di cuenta de que hablaban de algo, pero no sabía de qué; escuché solo lo último y no pude dilucidar de qué se trataba. Otro de los tipos, que se ve que manejaban el evento —que estaba anotando cosas y que en ese preciso momento tenía la birome en la mano, puesta para escribir— me dijo algo que no entendí y pedí que me lo repitiera. Tampoco entendí a la segunda vez. El murmullo empezó a elevarse. La chica uruguaya, que estaba en diagonal a mí, me repitió lo mismo en inglés y tampoco entendí; me lo tuvo que decir en español. Tenía que elegir el mejor y el más interesante. Dije de inmediato el mejor, un granache, pero pensé en el más interesante y no se me venía nada a la mente; no entendía el concepto de «interesante», así que dije que no sabía, y siguieron.

La noche terminó con saldo positivo y volví a casa para dormir al instante y prepararme para trabajar.

fin del relato