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Noondoo (o la vez que discutí con un supervisor)
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Noondoo (o la vez que discutí con un supervisor)

"Las dudas, las tensiones, los gritos, los resquemores crecían entre nosotros. Yo pude notar eso, pude notar cómo ambos teníamos miedo y nos estábamos destruyendo entre nosotros. Llegado el punto, me bajé de la stacker y confronté la situación, y resolví que iría a preguntarle, muy a mi pesar. No me agradaba la idea, pero no me quedaba otra. Fui caminando unos cien metros, puteando al destino, puteando y maldiciendo a mis antepasados, a mi crianza, a mí mismo por ser tan idiota. Este sería mi fin."

Noondoo surgió primero como una broma, como algo poco serio. La posibilidad de vivir acá y trabajar en la temporada de granos era muy remota y solo era posible si nos ofrecían trabajo. No elegimos, ni por asomo, vivir acá. Simplemente queríamos ir a trabajar a una zona remota y ganar el mayor dinero posible. Postulamos a una oferta de trabajo, pusimos una dirección falsa en Queensland y esperamos la oferta. Queensland es un estado enorme al noreste de Australia. Tiene una parte costera con playas muy lindas, donde está la Gran Barrera de Coral, tiene un clima más cálido y húmedo, similar al de Buenos Aires; y la parte más desértica, que está más al centro del estado. La posibilidad de vivir en Queensland me sonaba algo tentadora. Primero, por desconocimiento, idealicé la posibilidad de vivir en un lugar cercano a las playas y a la Gran Barrera de Coral. Segundo, porque es más barato. Hace unas semanas atrás hicimos nuestra declaración jurada y nos devolvieron mil dólares más en impuestos solo por el hecho de ingresar una dirección de Queensland. Un día llegó un llamado de un tal Stephen, manager de Graincorp en un sitio remoto en Queensland. El llamado llegó a principios de agosto. La oferta me pareció tentadora, no voy a mentir: empezar el primero de octubre a trabajar con un salario de unos casi 40 dólares la hora. Los ojos se me abrieron, pero recuperé la templanza. Tras varias charlas, decidimos que era posible, pero necesitábamos más información. Stephen es de esos australianos que tienen un acento muy particular, pero que se le entiende; habla muy rápido y no da tiempo a conclusiones, preguntas o espacios para la reflexión.

Nosotros, como inmigrantes, para quienes el inglés no es la primera lengua, necesitamos esos espacios que nos permitan razonar. De otra manera, interpretamos los espacios vacíos.

Stephen había llamado y nosotros aceptamos. Como dije, tener trabajo ya asegurado es algo que nos da tranquilidad y nos permite planificar mejor.

Para ese tiempo, al momento de recibir la oferta de Stephen, vivíamos en New South Wales, en la frontera con Victoria. NSW es el estado más concurrido y se encuentra en la costa este de Australia; el clima es mucho más ameno, las ciudades están más cuidadas. La presencia de los pueblos originarios suele ser escasa.

Como no estábamos seguros de algunas cosas —como el alojamiento, la fecha de inicio, el lugar, la paga, la duración de la temporada—, decidimos comunicarnos con Stephen en reiteradas oportunidades sin éxito. Una de las tantas llamadas resultó dar con él y le preguntamos, pero la velocidad en la forma de hablar de Stephen dificultaba repensar la información y preguntar más cosas. Esta intermitencia daba como resultado información a cuentagotas, poco clara, y dejaba una sensación de insatisfacción. En la primera llamada nos confirmó que empezaríamos el primero de octubre; en la segunda, que el alojamiento era gratis; en la tercera, que el alojamiento estaba en el sitio; en la cuarta, que el sitio era Noondoo, muy cerca de Thallon.

Mientras seguíamos atendiendo a nuestro actual trabajo, la empaquetadora de naranjas, debíamos ir planificando los próximos pasos: buscar otra temporada de granos.

La temporada de granos es una de las que mejor pagan. El año pasado incursionamos en una y, si bien fue por diez días, resultó ser muy fructífera. La paga fue muy buena. En ese mismo sitio, un tipo que trabajaba con nosotros nos advirtió de la posibilidad de trabajar, a lo largo de seis meses, en distintas temporadas de granos. Trazó un mapa con su dedo en el aire, indicó que uno podía empezar desde la punta más remota de Australia y terminar en la parte sur del país. El inicio sería Queensland porque aquí el grano se cosecha primero y va bajando. La idea era muy buena; en teoría, uno empieza a buscar sitios que empiecen en distintos momentos y luego se va moviendo.

Una vez cerrado el trato con Stephen para Graincorp, una de las empresas más grandes de Australia, pensamos que era momento de buscar trabajo en otra «grain» —siempre que diga grain me voy a referir a este tipo de industria que se ocupa de almacenar el grano en bunkers—. Tras varios llamados y varias postulaciones, dimos con la empresa Grainflow, subsidiaria de Cargill, cerramos el contrato y quedaría pendiente buscar casa donde vivir.

El último período que pasamos en la empaquetadora de cítricos fue algo turbulento, plagado de momentos incómodos, con un management que no estaba a la altura. Yo tuve un accidente laboral donde me rompí los ligamentos cruzados —lesión que arrastraba desde Argentina pero que se vio agravada—; una supervisora no paraba de acosar a cuanto ser podía —digo acoso en un sentido laboral, no sexual—, era molesta hasta tal punto que un compañero, un italiano con cara de loco, se peleó a los gritos con ella y lo terminaron cambiando de turno. Las cosas no iban bien en este lugar y nos terminaron despidiendo antes de tiempo. El despido fue totalmente injusto y de mala fe.

Con la noticia del despido, nos vimos forzados a terminar nuestro contrato en la casa de NSW y partir con premura a la grain en Noondoo. Para ese momento, vivíamos en la casa con unos amigos, un matrimonio de nuestra edad, con el cual compartimos muchos momentos alegres. Les contamos nuestra idea y les sugerimos que llamaran a Stephen para ver si podían sumarse. Stephen era un tipo críptico y, a su manera, amable, pero sin esa empatía para darse cuenta de que el tiempo siempre apremia. Siempre dejaba más dudas que certezas; si bien les había dicho que sí, nunca les envió la confirmación por mail.

Era casi fin de septiembre y el plan parecía ser ir hacia Noondoo y llegar lo más pronto posible, mientras que nuestros amigos se irían por su cuenta.

El día anterior a nuestra partida limpiamos la casa, la ordenamos, guardamos nuestras cosas dentro de la valija y después en el auto. La dueña de la casa, Marianne, una señora de unos sesenta y pico, muy deteriorada, con una salud mental frágil —o al menos eso aparentaba—, siempre estaba arriba de su ciclomotor que usa la gente mayor para moverse con facilidad. Nos vino a despedir y a requerir las llaves de la casa. En ese momento no las encontraba, así que les dije, a ella y a su hija —una tipa de unos cuarenta, rubia, de ojos claros, corpulenta y con una bandana que tiraba su pelo hacia atrás—, que me den tiempo para buscarla mejor. Revolvimos todo: las valijas, las mochilas, las bolsas con alimentos, el baúl, los asientos, la guantera, hasta que di con las llaves dentro de mi neceser. Me trajo tranquilidad al saber que no habría motivos para perder mi «bond» —se le llama así a la fianza o depósito que uno da previo a alquilar—. Con todo empacado y resuelto, nos despedimos de nuestros amigos y partimos al día siguiente a primera hora de la mañana.

El viaje no estaba pensado para ser agotador: reservamos un motel en la ruta a medio camino. La música acompañaba las emociones del camino; el silencio aplacó las ansias y fuimos dos cuerpos viajando en un auto. Mientras tanto, tratamos de conjeturar el futuro y aprender del pasado.

Llegamos al motel en el pueblo de Gilgandra y nos hospedamos en el que habíamos reservado minutos antes.

Esta foto data del 30 de septiembre de 2025; la tomé para tener un recuerdo de cómo es quedarse en un motel, puesto que no recordaba haber dormido en uno previamente. Tenía un aura de película, faltaban algunos extras que vinieran a comentar las desgracias cometidas otrora en el pueblo y dar detalles sobre la maldición que se nos avecinaría si no seguíamos las costumbres locales. De todos modos, no faltó el momento de terror para que la estancia fuera acorde a la atmósfera. Cerré la puerta con el candado corredizo solo porque tengo una manía de cerrar las puertas detrás de mí. Cuando nos estábamos cambiando y hablando sobre el viaje, intentaron abrir la puerta de golpe; la correa del candado dejó entrever una sombra que pronto se alejaría, dejando entrar la luz del motel. No puede ser que vaya a morir acá, de esta manera, como en las películas. Lo primero que se me vino a la cabeza fue ir a ver. En mis adentros existía la posibilidad de que ese film fuera verdad; los protagonistas, antes de morir, siempre ven qué sucede afuera. Cuando salí, todo permanecía intacto: los hombres que estaban hablando en la habitación uno continuaban con su charla en la misma posición, mi auto seguía con los mismos raspones que tenía, el viento soplaba frío y la soledad golpeaba el ambiente. Inferí, en seguida, que la puerta fue abierta por accidente, y entré a la habitación, cerré la puerta y dejé ese ambiente sórdido y tétrico atrás. Cerré el pestillo de la puerta y dormimos sabiendo que esto ya no era una película.

Seguimos camino por la ruta, aburridos por lo repetido que se veía. El paisaje era árido y los árboles y sus sombras, carcomidas por el calor, no existían. La rojiza tierra se iba fotocopiando a los costados, en una sucesión de imágenes que daba la sensación de estar quietos. Las moscas se iban multiplicando e ir al baño era una lucha contra la nada. El viento empezaba a sentirse cálido. Bebíamos agua mucho más a menudo y el camino era cada vez más complicado. Llegó un punto en que perdimos todo tipo de conexión y viajamos sin música y en un silencio absoluto. No pudimos recuperar la conexión en ningún momento.

Stephen, en uno de sus últimos mensajes, nos pidió dos cosas: que fuéramos primero a Thallon y que luego fuéramos a Noondoo. No dio más precisiones. El GPS, sin conexión, indicaba Thallon como destino.

Hicimos una parada en un baño público en la ciudad de Thallon antes de ir al sitio. Seguimos camino. Llegamos y nos encontramos con un sitio enorme, con muchos bunkers —explanadas enormes de tierras con barreras a los costados donde se deposita el grano, donde las barreras actúan de soporte para prevenir que el grano se desborde. Contemplamos el panorama y no había nadie. No eran buenas noticias. ¿Habíamos venido sin ningún motivo? ¿Están trabajando acá? ¿A qué hemos venido? Esperar era lo único que podíamos hacer, así que esperamos, mientras tanto veíamos a través de los vidrios de la cabina donde había un cartel que decía «OFFICE». Tratábamos de dilucidar qué escondían dentro, cómo operaban, quién trabajaba acá. Hasta que escuchamos una camioneta acercarse y frenar justo frente a las cabinas; ni bien frena, se baja un tipo alto, con barba prominente, con una gorra que dejaba ver hacia los costados mucho pelo.

La charla fue muy breve y casual, pero parecía un hombre amable, easy going como le dicen. Nos explicó cómo ir a Noondoo y con quién debíamos hablar allí: un tal Cameron.

Jamás me imaginé, en ese momento, que Camerón terminaría siendo una verdadera pesadilla, un tipo despreciable, misógino y poco preparado para el puesto. Uno trata de no juzgar, de romper con estereotipos, de dar segundas oportunidades, pero a veces es difícil. Al final de mi estancia en Noondoo, arribaría a la conclusión de que Cameron es solo un niño asustado que actúa de esa manera porque ha sido criado en un mundo de hombres que nunca se permitieron la más mínima fragilidad.

Noondoo estaba a unos cuarenta minutos de Thallon, y la visita a Thallon fue solo para recibir instrucciones de cómo ir a Noondoo, cosa que ya sabíamos. Pero tuve un momento de lucidez y le pedí el número de celular de Cameron; intuía que podía servirme en algún momento. Seguimos las indicaciones de John, el manager de Thallon, y agarramos el camino de tierra hasta empalmar con la ruta que va hacia Noondoo. En cuarenta minutos estaríamos allí.

Al llegar nos perdimos un poco; no era fácil virar en el lugar correcto, pero avizoramos una oficina y manejamos hasta ahí. Seguimos derecho por un camino donde no pasaban camiones y dimos con una chica corpulenta y de aspecto maorí que nunca más volvimos a ver. Le preguntamos dónde estaba Cameron y nos indicó que en la oficina siguiente.

Voy a tratar de ser lo más descriptivo que pueda sin que me invada el resentimiento. La primera imagen o contacto que tuvimos con Cameron no fue la más prístina, impoluta y enaltecedora. Sería la imagen más fiel que mejor lo describe.

A su oficina se llegaba subiendo unas escaleras. La oficina como tal era de dos metros por dos metros, estaba equipada con una computadora y una ventana que oficiaba de ventanilla para recibir a los camioneros. Tocamos la puerta. No nos animamos a irrumpir. Esperamos. Tocamos de nuevo. Escuchamos un murmullo dentro, una voz indistinguible a través de la radio. Había alguien, eso era seguro. Decidí no tocar de nuevo la puerta por respeto y bajé las escaleras para seguir esperando en el llano.

Escuché el movimiento de alguien levantándose de la silla. La puerta se abrió lentamente. La curiosidad fue mi aliada —¿por qué tanto misterio, universo?—. Cuando veo salir a Cameron, lo hace con el torso hacia abajo, como si se hubiera atado los cordones y, por algún motivo, estaba dándonos la espalda; dejó entrever unos calzones rojos y parte de la raya del culo se podía ver. El tipo se iba irguiendo con una torpeza inusitada. Iba creciendo en tamaño y, a medida que lo hacía, dejaba ver sus facciones: un tipo con un pelo corroído, escasas duchas y con la piel asediada por el sol. La barba desprolija, los ojos pequeños pero duros; cada tanto dejaba entrever una media sonrisa. Las manos eran enormes, pero los dedos eran más bien cortos; su puño era del tamaño de mi cara. Era un tipo enorme, de un metro noventa. Una bestia.

A medida que iba creciendo en tamaño y sus facciones se dejaban ver, tuve en mi mente la imagen de un oso saliendo de la hibernación.

La imagen del oso acompañó toda mi estadía en Noondoo y jamás pude disociar esa imagen de Cameron. Siempre para mí fue un oso. Un oso torpe, gruñón, malhumorado, agresivo, pero que si uno crecía en tamaño, como podría hacerlo Rick O’Connell, quizás podría ser domesticado. Era un animal, daba la sensación de que podía comerte vivo. Inspiraba miedo y todos nosotros, más tarde, lo respetaríamos solo por el miedo que inspiraba.

Tuvimos una conversación breve pero olvidable. Nos dijo que la acomodación estaba a solo unos metros y nos señaló dónde. Efectivamente era en el lugar. Nos comunicó que empezaríamos la semana que viene y, como advertencia final, nos dijo que no salgamos de noche porque por sobre los pastizales había serpientes venenosas y que podríamos morir. Yo me reí, porque el solo hecho de escuchar a una persona decir en serio eso, de forma tan tajante, podría ser una broma. Volteó para verme y me dijo: «You could die».

Nos fuimos a ver los baños de la casa y la habitación en sí misma. No había nadie todavía, así que podíamos elegir. Las habitaciones parecían cómodas, pero todo estaba sucio. Las camas, las paredes, los rincones, el armario, las mesadas, las sábanas, las colchas, las almohadas, el baño, el inodoro, la ducha. Todo. No había rincón limpio. Todo estaba consumido por las telarañas.

Esta primera impresión nos causó un poco de fobia. Era mucho para nosotros. Otros se hubieran calzado el overol y se hubieran puesto a limpiar, porque, en efecto, era gratis. ¿Qué más se podía pedir?

Nosotros atravesamos nuestra primera crisis: vinimos en vano tan temprano, no hay trabajo, dejamos atrás una oportunidad importante en otra grain porque esta iniciaba antes y, lo peor de todo, las condiciones habitacionales no eran del todo buenas. Noondoo estaba muy alejado de todo, no teníamos amigos, no teníamos paisajes que nos consolaran, no íbamos a tener la paz que te da el silencio, porque siempre íbamos a estar rodeados. El único consuelo era que no íbamos a pagar. No nos quedamos tranquilos con esa conclusión. No nos importaba pagar algo siempre y cuando tuviéramos condiciones dignas.

Más tarde nos daríamos cuenta de que podíamos ser flexibles si es que también las condiciones externas te van empujando a convencerte de que antes estabas errado, incluso cuando no lo estabas.

La primera impresión de horror nos hizo correr tras algo más seguro. Agarramos el auto y, sin dar aviso, fuimos hasta Dirranbandi, el pueblo más cercano y que, a primera vista, era el más grande de la zona. La batería del celular y la poca señal nos hicieron pensar en que lo mejor era ir, cargar los teléfonos y pedir alguna clave de WiFi para buscar algún alojamiento por esta semana antes de empezar a trabajar.

fin del relato