Llegó el día en que empezamos a trabajar después de 2 meses sin hacer nada. No me quejo, pero las preocupaciones ya se empezaron a encimar tanto que era imposible hacerlas a un lado. Si bien puedo decir que mantener la calma es la clave, también lo es no romper tu regla de oro, Matías: no esperes nada de nadie cuando se trata de trabajo. Pude haber empezado a trabajar en el restaurante italiano y, cuando llegue el momento, renunciar. Pero, debates éticos de por medio, no siento que a veces sea la forma más prolija de actuar, teniendo en cuenta que te dan su palabra de empezar tal día. Más allá de eso, el primer día fue duro, cansador. Dormí, pero no lo suficiente, y cuando terminó nuestra tarea me mandaron a ayudar a dos chinitos que estaban apilando cajas que salían de una máquina. Cada caja pesaba 20 kg y estuve 6 horas haciendo eso. Fue agotador.
9 de agosto
Hoy nos tocó empezar a trabajar a las 7 y para llegar a las 7 hay que levantarse a las 5 o 5 y pico. Durísimo. Dormí poco esta vez, diría unas 2 horas en total y después no pude conciliar el sueño. En el medio leí Alta Fidelidad, libro que todavía sigo leyendo, me da bronca ya no terminarlo. Me levanté después a tomar un té y di mil vueltas en la cama.
Cuando la jornada terminó, hablamos de a eso de las 15.45, no llega un llamado desde la otra packhouse avisando que empezábamos el lunes. Lo cual era muy buena noticia porque queda a unos quince minutos, por lo que no habría que levantarse tan temprano. Dijimos que sí, y otra vez sobrevino el debate sobre la ética laboral, si deberíamos aceptar a pesar de haber dado nuestra palabra en otro lugar. No sé si hay una respuesta correcta, sino aproximaciones a una verdad. Lo cierto es que dijimos que sí, y ahora tenemos que hacer algunas cosas.
Todo este trajín y lo que pasó en el medio solo demuestra que lo mejor a veces es quedarse quieto.
Estoy empezando a descubrir en mí cierto patrón, pero hay una fascinación por lo que puedo llamar el síndrome de “es mi primer día”, el cual desarrollaré más adelante.
10 de agosto
Hoy ya descansamos sin culpa y sin reparo y sin que nuestra propia mente nos atracara con preocupaciones, así que a la mañana me fui a tomar unos mates y a la noche salieron pizzas con cervezas.
Pasó algo que me da gracia. Nosotros, el primer día que empezamos a trabajar en la packhouse, nos encontramos con un argentino y este nos preguntó si estábamos en el grupo, y le dijimos que no, que no sabíamos de qué grupo hablaba. El grupo de WhatsApp de argentinos en Mildura. Le dijimos que no de vuelta, y por dentro ya sabía lo que iba a pasar: me iban a invitar a una juntada a la cual iba a rechazar.
Nos agregó y nos comentó de una juntada, y le dijimos que buenísimo, que íbamos a ver.
Hasta ahí todo bien. Fuimos al supermercado a comprar las cosas para hacer pizzas y, como Nati se había adelantado, ella ya estaba dentro haciendo compras y yo me le sumé después. Empecé a buscarla hasta que la encontré y, cuando pasó eso, le comenté que la vi pasar a través de las góndolas. Cuando estoy por contar el remate, nos interrumpe una chica y nos pregunta de dónde somos. Le decimos que argentinos y dice que ella también. «¿Están en el grupo?», nos pregunta, y nosotros dijimos que sí, e inmediatamente cambié el rumbo de la charla para evitar lo que más tarde pasaría. Cuando el tema se agotó, nos dice: «¿Hoy van a la juntada?», y le decimos que no porque tenemos planes. Puta madre, quería evitar esa invitación, por eso vuelvo a cambiar el tema y, de nuevo, cuando se agota, nos pregunta qué planes teníamos. «Nada, unas pizzas en casa», dice Nati. «Ah, es entre ustedes. Bueno, si quieren después pueden venir». Le respondo que puede ser, que no creo igual. Cuando la charla se termina, espero a subirme al auto para decirle a Nati: «Qué onda, ¿sos argentino y solo por eso la gente se junta? ¿Qué es una secta o una estafa piramidal que apenas te cruzas con un argentino te pregunta si estás en el grupo? ¿Qué onda, tengo que traer a dos argentinos más?». Reímos y seguro nos acordaremos de esto más adelante.
11 de agosto
Este día no escribí nada, solo saqué una foto de Nati haciendo algo que no sé qué es. Creo que ella estaba leyendo algún libro de romance.
12 de agosto
Escribo esto después de varios días porque empezamos a trabajar y apenas tuve tres horas libres. En el primer día me presentaron a quien iba a ser la persona que me iba a capacitar: Álvaro, un chileno que llevaba trabajando cuatro meses y este era su segundo año. Primero que nada, y me estoy olvidando un detalle importante —ya saben cómo es esto, mi memoria está fluctuando—, cuando llego y entramos Nati, yo y las dos francesas que viven con nosotros a la empresa, nos dicen que esperemos una hora que luego tendríamos la inducción. Terminada la inducción, nos vamos los cuatro juntos a donde sería nuestro puesto de trabajo. Llegamos a un punto y hacemos un parate, y estábamos caminando en fila y yo era el último. Nos dicen: «Por acá pasan las chicas», y cuando llega mi turno me dice: «Vos vení para acá». Lo primero que pensé era que me iban a poner a levantar cajas, pero no fue así. Estoy controlando con la compu todos los pallets que vamos armando. Cheto.
13 de agosto
Costó levantarme y dormí poco, pero lo suficiente como para tener energías. Lo más difícil viene siendo cocinar el día anterior para la cena y para el otro día. Es agotador y me gustaría resolverlo rápido, pero estamos obligados a cocinar porque no tenemos plata y tampoco tiempo para ir a comprar.
14 de agosto
Hoy me escribió mi primo a mi celular. Bueno, en realidad ayer le pasé mi número a la prima de mi mamá, que me había escrito para que él se comunicara conmigo. Él me escribe y me pregunta si yo tenía algunos papeles para hacer la ciudadanía. Me escribió a la noche y yo lo escuché a las 6, pero le contesté a las 18 h. Me mandó un audio de 5 minutos y yo tengo una regla: vos me mandás 5 minutos, yo también; vos me mandás 1 minuto, yo también. Es decir, si yo me fumo tus 5 minutos, vos también. Me pone un poco al día y la verdad que me da gusto escucharlo. Tampoco es que desbordo de alegría, normal.