Qué mal la estoy pasando en este auto del orto y la re puta madre. Tengo frío y no tengo ganas de estar acá. Siento que tomé una pésima decisión y que lo mejor hubiera sido seguir firme con la idea de estar estos tres meses en Sídney. La puta madre, ahora tengo una bronca y lo único que puedo hacer es seguir, porque si vuelvo pierdo todo lo que ya he invertido para empezar este nuevo trabajo.
Después de dormir lo que se pudo —porque de verdad era imposible— seguimos ruta hacia el camping o un motel donde pudiéramos descansar. Ya en ruta sentí que el cansancio me perseguía y, si bien la noche es encantadora, el frío no te deja dormir y, aunque termine romantizando la noche, las estrellas y el amor, lo cierto es que solo se pueden apreciar esos paisajes en verano.
La imagen que se me viene a la cabeza mientras manejo es aquella cuando, mirando hacia el parabrisas, acostado y tratando de dormir, empiezo a ver como una especie de sombras chinas proyectándose sobre el vidrio gracias a una luz lejana y blanca como leche; las sombras parecían caminar en fila y parecían danzar sobre las estrellas un ritmo de macumba que podría ser mi sepultura. Sacudí mi cabeza y seguí manejando.