Hoy un día nublado y lluvioso, pero pude dormir bien y eso me deja tranquilo. Empezamos de nuevo a las 6 de la mañana y esta vez salimos unos minutos antes con la promesa de tomar un café en el trabajo. El día anterior nos quedamos con la duda de si iban a poder cambiarnos o no de turno y estuvimos transitando la mayoría del día con esa duda.
Esta vez, un tal George, nos mostró el tipo de trabajo que se llama exporting, es decir esperas a que un camión con un container venga y enchufas una manguera para llenarlo de vino. Chequeos de por medio y setteos previos el camión viene y empezamos a cargar el camión. Mientras esto pasa esperamos. Y George que es nuestro supervisor nos dice relax, just wait, mientras hablamos de cosas varias y le pregunto cosas. Aparece un muchacho argentino y nos saluda en español, charlamos un poco y me cuenta su vida, después me pregunta sobre la mía y le cuento.
Algo noto en mi estos días, no estoy con ganas de compartir mi vida ni de hablar a pesar que siento que podría hacerlo con tranquilidad, prefiero permanecer en silencio o hablar lo menos posible con todo el mundo. Quizás en busca de eso que había perdido: reserva. No todo el tiempo necesito hablar y no quiero hablar con todos, solo cuando la situación amerita. Estupendo.
El día se pone lluvioso y vamos de acá para allá haciendo cosas. La fábrica está, en general, tranquila. Está tan tranquila que vemos compañeros cortando el pasto, limpiando mesas e incluso sacando hierba mala del jardín.
Comemos, tomamos café y la duda sobre si nos cambiaron o no sigue.
Llega el final del día a las 15 y nos reúnen en la sala. Se puede ver en la pantalla un Excel proyectado donde están nuestros nombres y los respectivos turnos. Nosotros estamos en el graveyard, lo cuál significa que no hemos sido cambiados. Hay amargura y desazón entre Nati y yo. Pero así y todo le preguntamos a Mike, el gerente, si era posible y dijo que no. Esta vez parecía definitivo.
Terminó el turno, en el trabajo dijeron que los que quieren se quedan y los que no se van, los que se queden pueden tomar una o dos cervezas y después a casa. Nosotros tomamos una y nos fuimos. La amargura en Nati cada vez fue más visible y fuimos cargando con ella todo el viaje, el llanto se avizoraba y era inevitable. Ya en casa empezaría a llorar.
Le digo que pare y que planeemos el plan b que es contactar a otra winery y ver si podemos trabajar allí.
El día termina con nosotros acostados después de cenar la comida que compramos en el pack n save. A la vuelta de las compras me fue imposible no ver la rueda pinchada del auto de la que vive con nosotros.