Hoy fuimos a ver una habitación a las 10.30, a unos 40 minutos del hostel. El tiempo apremia y hay que decidir lo más pronto posible. La habitación era horrible; nos mostraron cuatro y todas eran feas. Primero, que todavía vivía gente ahí y todas estaban desordenadas. Segundo, que había una sola cocina en lo que se ve que era una pensión, y podrían llegar a vivir como diez o quince personas. Y tercero, era horrible el ambiente. Nos fuimos hacia la segunda, pero cuando llegamos la persona que nos tenía que mostrar la casa no estaba, y nos fuimos a comer pizza a Domino’s.
Mientras esperábamos, seguí buscando habitación y caí en la cuenta de que había una habitación que ya había visto otra vez y a la que hacía poco le había escrito. Cuando revisé mis chats, era esa misma, pero esta vez la estaba ofreciendo otra persona. Cuando seguí buscando habitaciones, me di cuenta de que la misma, pero la misma habitación, la estaban ofreciendo otras personas. Hace días que vengo viendo un tipo de patrón: le escribís a esta gente que —todos tienen una belleza hegemónica, es decir, no puede trabajar ninguna otra persona de otra etnia—, le escribís y te ofrecen fechas para ir a ver la casa. Oh, casualidad, te dicen que sus asistentes van a estar mostrando la casa, pero todos los asistentes tienen nombres indios (o sea, gente que nació en la India 🇮🇳). Raro.
Así que le escribí a Juan Cruz para preguntarle si la habitación seguía disponible y cómo podíamos seguir. Hoy caí en la cuenta de algo más: hace unos días venimos haciendo una argentineada sin querer hacerla. Resulta que escuchamos por parte de dos personas que no se conocen que, una vez que gastaste cincuenta dólares, tenés viajes ilimitados durante la semana que esté transcurriendo. Desde hace varios días que esto es un hecho por las razones equivocadas; es decir, tenemos viajes ilimitados. Pero algo andaba mal y me llamaba la atención. Cada vez que fichábamos para subirnos al transporte, decía “low balance” y una pantalla roja con una cruz de error. Nosotros creímos que, bueno, alcanzamos este límite y empezábamos a gozar de los viajes gratis. El cartel rojo siguió apareciendo en cuanto colectivo tomáramos, sin entender que no es que eran viajes gratis, sino que no estábamos pagando el boleto y nadie nos estaba diciendo nada.
Hoy, cuando quisimos ir a tomar el tren, el molinete —es más bien una pequeña puerta de dos hojas— al momento de fichar no se abría y apareció la leyenda de “low balance”; así que dijimos: «Creo que tenemos que cargar plata».