Último día oficialmente en Nueva Zelanda y tengo sensaciones encontradas, pensamientos varios, revelaciones de todo tipo y aprendizajes por doquier. Es difícil poder recopilar en un momento tanto camino. Ya armé las valijas (mejor dicho, la mochila) y, a pesar de que todavía no caigo en la cuenta de que me voy, sigo creyendo que la historia continúa; no hay un fin concreto, no es que digo "listo, hasta acá". Y por un lado está bueno porque amo lo nuevo, pero por el otro lado hay un costado mío que, por momentos, ama la quietud y lo esperado. Dicen que contra la zona de confort hay que luchar, pero yo he venido luchando hace rato y quizás el próximo viaje me lo va a revelar.
Hoy es el último día acá, o mejor dicho el anteúltimo antes de tomar el avión, y quizás algún tiempo más para reflexionar tenga. Lo más temprano que pude llamé a mis viejos para ver cómo estaban y ponernos al día. Unos días atrás un amigo mío me contactó para comprar la moto que yo tenía en Argentina y que me la compró mi viejo, así que aproveché la videollamada para hablar sobre el tema. Mis viejos andan muy bien y la verdad se los ve muy tranquilos; los extraño mucho, de verdad, siento ganas de abrazarlos.
Más tarde me puse con la compu esperando por la cena de la noche. La dueña vino y empezó con los preparativos a eso de las cuatro de la tarde, mientras yo estaba en el cuarto. A los pocos minutos fui y nos pusimos a tomar vino y charlar; más tarde jugamos al "¿Qué ves?".
Y esperamos a que vinieran Antony y una amiga de Simone, la dueña. Como habíamos charlado con Antony días atrás, íbamos a cambiar camisetas: yo le daría la de Boca del 2007 y él la del equipo del cual es hincha. Hoy se oficializó y lo vi muy contento, y yo también lo estaba. Para mí significó darle un pedazo de historia a un amigo, y que se lleve consigo unos recuerdos de toda mi vida, y yo llevarme un recuerdo de él como amigo.