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Semana 18
junio

Semana 18

Desde el 1/06/2024 al 7/06/2024

Locaciones esta semana
📅 Desde el 1/06/2024 al 7/06/2024

1 de junio

Último día oficialmente en Nueva Zelanda y tengo sensaciones encontradas, pensamientos varios, revelaciones de todo tipo y aprendizajes por doquier. Es difícil poder recopilar en un momento tanto camino. Ya armé las valijas (mejor dicho, la mochila) y, a pesar de que todavía no caigo en la cuenta de que me voy, sigo creyendo que la historia continúa; no hay un fin concreto, no es que digo "listo, hasta acá". Y por un lado está bueno porque amo lo nuevo, pero por el otro lado hay un costado mío que, por momentos, ama la quietud y lo esperado. Dicen que contra la zona de confort hay que luchar, pero yo he venido luchando hace rato y quizás el próximo viaje me lo va a revelar.

Hoy es el último día acá, o mejor dicho el anteúltimo antes de tomar el avión, y quizás algún tiempo más para reflexionar tenga. Lo más temprano que pude llamé a mis viejos para ver cómo estaban y ponernos al día. Unos días atrás un amigo mío me contactó para comprar la moto que yo tenía en Argentina y que me la compró mi viejo, así que aproveché la videollamada para hablar sobre el tema. Mis viejos andan muy bien y la verdad se los ve muy tranquilos; los extraño mucho, de verdad, siento ganas de abrazarlos.

Más tarde me puse con la compu esperando por la cena de la noche. La dueña vino y empezó con los preparativos a eso de las cuatro de la tarde, mientras yo estaba en el cuarto. A los pocos minutos fui y nos pusimos a tomar vino y charlar; más tarde jugamos al "¿Qué ves?".

Y esperamos a que vinieran Antony y una amiga de Simone, la dueña. Como habíamos charlado con Antony días atrás, íbamos a cambiar camisetas: yo le daría la de Boca del 2007 y él la del equipo del cual es hincha. Hoy se oficializó y lo vi muy contento, y yo también lo estaba. Para mí significó darle un pedazo de historia a un amigo, y que se lleve consigo unos recuerdos de toda mi vida, y yo llevarme un recuerdo de él como amigo.

2 de junio

Con la certeza en la cabeza de que este momento algún día llegaría, nos despedimos de Simone, que volvió de tener una cita. No fue una despedida melancólica ni lacrimógena; fue justa, porque ya nos veníamos despidiendo desde hace varios días.

No voy a hacer un análisis de la final de la Champions, porque creo que ese mensaje que mandé al grupo de mis amigos es más que suficiente.

Y sí, me desperté a las siete y al inicio del día tuve todas las energías, pero con el correr del tiempo me fui cayendo a pedazos de una manera que no pude disimular.

Cuando ya estábamos en ruta, me dormí profundo, de una manera que empecé a soñar, y de repente Antony me despierta para no sé qué mierda de su amigo al que le iba a llevar el auto. ¡Cómo odio que me despierten, la puta madre! Me pone de un mal humor tremendo. Mientras hablaba con Franco, un amigo de Argentina, sobre si le interesaba comprar la moto y cómo iba a ser el viaje a Australia, el tiempo iba pasando rápido. Tal es así que llegamos a destino —la casa del amigo de Antony— demasiado rápido y tuvimos que hacer tiempo en la playa por unos minutos.

Volvimos a ir a la casa de esta persona y esta vez sí estaba, por lo que fuimos a comer una comida tradicional china: fideos con condimentos. Estaba rico, no me voló la cabeza, pero se deja comer. No me puedo quejar, menos si me invitó el amigo de Antony. Llegamos al aeropuerto y nos sacamos una última foto los cuatro y, de repente, siento una mano en mi ojete: el amigo de Antony. Dije: «Pero la puta madre, lo único que me falta». La espera fue larga, pero se pasó rápido jugando al «¿qué ves?» y, más tarde, a eso de las 20, dijimos adiós para siempre a Antony. Un gran amigo.

3 de junio

De los viajes más duros que me tocó, primero no había dormido nada porque dije: bueno, mejor me duermo todo en el avión y, en principio, es buena idea, pero el vuelo era de tres o cuatro horas, no tenía ningún sentido. Mientras esperamos, jugué con el celular todo el tiempo, vi videos y hasta leí un poco de Alta Fidelidad, que lo tenía muy abandonado, e incluso lo retomé poco antes de bajar del avión. Como decía, me dormí todo, pero igual me levanté cansado, y eso es porque ayer me desperté a las siete para ver la final de la Champions y después no volví a dormir, salvo una pequeña siesta en el auto que fue interrumpida cuando íbamos camino al aeropuerto. Y para ese entonces llevaba solo tres horas de sueño.

Poco a poco sentía cómo mi mente se iba deteriorando por el cansancio y sabía que era cuestión de tiempo para que me hundiera en un mar de sueño. El vuelo fue turbulento, eso dijeron, pero yo nunca me enteré de nada; solo Nati me despertó para comer y, una vez que terminé, me volví a dormir. Cuando llegamos a destino, saqué una foto que comprueba nuestras caras de rotos: ninguno podía más.

Aún así, fuimos a comprar el chip para el celu, que le estuvimos peleando el precio, y después seguimos recorrido hacia el tren. Todo lo que fue migraciones fue rápido y ágil; no tuvimos ningún problema y el pasaporte italiano nos facilitó todo.

Cuando llegamos al hostel, descansamos un poco y recuperamos energías. Nati se seguía mirando el tobillo y se lo rascaba. Como vi preocupación en su cara, le dije si quería ir a la farmacia, sacar un seguro médico o hacer una consulta. La primera opción fue la mejor; compró una crema y unas pastillas. Mientras tanto, a las cuatro y media nos íbamos a juntar con un viejo amigo que no veía hacía muchos años. Él anduvo viajando y justo coincidimos en Australia. Lo curioso es que él estuvo el día que conocí a Nati, y si no hubiera sido por él, quizás yo no estaría con ella.

Cuando llegamos, Nati se acostó. Yo me propuse descansar y esperar a que Hernán, mi amigo, viniera. Nati se durmió y Hernán vino hasta el hostel. Tomamos unas cervezas y hablamos del pasado, recordando buenas cosas, pero también hablando sobre el presente. No me gusta cuando las relaciones se basan solo en el pasado; me hace sentir que vivo en otro tiempo. Nati se despertó y le dije que estaba en el bar del hostel, que viniera a saludar. Después nos fuimos hacia el mítico Ópera de Sídney y recorrimos todo el lugar.

4 de junio

En nuestro primer día en Australia, lo primero que hicimos fue ir a comprar mate. Y digo primer día porque es el primer día descansados; ayer estaba muerto y la verdad lo único que quería era dormir. Es un día de buscar habitación, de ver y caminar, un día bastante activo. Hoy tocó conocer tres propiedades, todas a casi una hora del hostel. Digo esto porque el hostel es la referencia de dónde queda el centro. La primera casa a la que fuimos fue a eso de las tres y pico y quedaba… bueno, no sé dónde. Cuestión que fuimos al lugar y el muchacho, por videollamada, nos orientó en cómo entrar y, una vez adentro, ver cuáles eran las condiciones. La casa no estaba mal; la entrada era a través de una especie de patio trasero, medio de mala muerte. Pero no nos convenció mucho.

Nos apuramos a llegar a las 16.30 a la otra casa, que sí estaba muy buena: grande, espaciosa y luminosa, un poco cara a mi gusto. Le dijimos que sí, pero que queríamos seguir viendo casas. La última, y creo que la peor, estaba un poco más alejada que las demás. Esperamos y un señor de estatura media baja, ojos claros y un poco calvo al estilo George Constanza nos recibió. Otra vez nos hizo pasar por una calle alternativa, como un callejón que daba a la parte trasera de la casa, y yo decía: «Puta, loco, si no te hacen entrar por la parte de atrás, no es legal». Entramos y ya empecé a detectar olores raros y suciedad en la alfombra. Cuando abre la puerta del cuarto, me invade un olor a naftalina tremendo. El cuarto estaba ordenado, pero se lo veía medio baqueteado.

Parecía más un conventillo que otra cosa; salimos rápido y dijimos: «Esta, no». Volvimos ya al hostel y el hambre que tenía era increíble, me chillaban las tripas. Cuando tomábamos mate en el parque, a primera hora del mediodía, surgió el recuerdo, de parte de ambos, de las veces que, viviendo en Villa Urquiza, fuimos al parque a tomar mates también, pero a hablar de Australia y por qué no nos vamos allá. Hoy, estando acá, lo único que puedo decir es que es increíble, y lo segundo es: ojo con lo que desean, puede volverse realidad.

5 de junio

Hoy, de vuelta, teníamos agendada una visita a 40 minutos del hostel. Lo malo es que solo había colectivo cerca. El barrio era muy prometedor y, por momentos, me hizo acordar a Martínez. Vimos la casa y era muy cómoda y a un precio accesible. Nos gustó. Lo único es que, al no tener auto, las compras se pueden complicar. Volvimos y hoy era el día para mandar plata por Western Union para pagar la cuota del dúplex. Odio pagar eso, pero bueno, en el futuro traerá sus frutos. Llegamos después de dar unas vueltas tratando de dar con el lugar y pedimos para enviar dinero. La comisión te mata, así que me da bronca y empiezo a decir que no hay que venir más a este local, y Nati me dice que me calme.

Seguimos caminando y me llama la atención, no solo hoy, pero hoy más que nunca, la cantidad de chinos y locales chinos que hay; es impresionante. Terminamos yendo a comprar sánguches para comer a la noche y tomando una cerveza en el bar del hostel, donde hay una camiseta de Messi.

Cuando le pido la cerveza, sé que tenemos un descuento por vivir en el hostel. Me dice: «¿Una pinta o un scorn?» o algo así, no entendí bien. Le digo que una pinta. Merodeando por ahí, parecía que había un tipo que era el supervisor. Cuando le digo que vivo en el hostel, el muchacho me dice que la pinta no tiene descuento, pero sí el scorn. Yo creí que, de todas maneras, me iba a dar las pintas, pero se quedó pensando qué hacer y, finalmente, traspasó las pintas a los vasos más pequeños, que son los scorns, y tiró el restante. Maldito supervisor.

6 de junio

Aunque parezca que los días transcurren simétricos o parcialmente parecidos, siempre toca hacer algo diferente: un pensamiento, una caminata, una comida, algo. Y hoy tocó hacer un curso de manipulación de alcohol, el RSA. Con este curso te habilitan para trabajar justamente en entornos donde tengas que manipular alcohol. La particularidad es que, si bien era impartido en inglés, había una colombiana que iba traduciendo. El curso duró unas cuatro horas y el almuerzo costó unos quince dólares. Dentro del curso conocimos a Juan Cruz, que vivía en un edificio que tenía una habitación disponible cerca de donde estábamos. Ni bien terminamos el curso, fuimos derecho a conocer la habitación. Era una especie de monoambiente con vista a la calle, un poco caro pero cerca de todo; quizás los espacios compartidos estaban un poco sucios, pero hasta ahora era una gran alternativa.

Mientras el clima estaba que llovía a más no poder, durante la caminata de vuelta al hostel paró un poco y pudimos volver sin mojarnos tanto, esperando que se hagan las 16 para ir a ver otro departamento.

7 de junio

Hoy fue el turno de hacer el curso de la whitecard, que es un curso de higiene y seguridad para trabajar en construcción. Nunca sentí haber perdido tanto tiempo en mi vida como hoy; fueron 6 horas cuando el curso se pudo haber hecho en 3. Tuvimos 3 breaks de más de 45 minutos cada uno y, mientras esperábamos a que empezara el curso, otra hora perdida. En un momento, sobre la esquina izquierda del pupitre había un casco de seguridad, frenó lo que estaba diciendo y dijo:

—Ahora nos vamos a poner el casco —Indicó cómo ponerse el casco, lo tuvimos puesto un minuto y dijo:

—That’s it.

Nos lo sacamos.

La lluvia afuera continuaba, así que para ir tocó tomar un colectivo y para volver pudimos hacerlo caminando. El curso, tanto como el examen, te daban las respuestas y era más una cuestión de asistir y prestar atención. Como la noche anterior no pude dormir bien —de hecho, recuerdo haber dormido solo dos horas y desvelarme a todo rato—, en un momento dejé de dar vueltas en la cama y me puse a leer Alta fidelidad, algo así de dos capítulos. Y como estoy siguiendo el podcast o video podcast Proyecto Porrini y recomendaron leer Sombras sobre el vidrio esmerilado de Saer —autor que es de mis favoritos—, lo busqué y lo leí de un saque. Puedo decir que me encantó.

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