Hace unos días arreglamos con Joaco de vernos en el Monte, pero nos canceló. Pero como la verdad era uno de los últimos días, dijimos: «Vayamos igual y veamos a Laucha, que él anda cerca y le es más fácil ir». A las seis de la mañana me llega un mensaje de él, que leí por arriba porque solo agarré el celu para ponerlo en silencio, que decía que iba a faltar el viernes, que le digamos dónde íbamos a estar, así que le pasé las coordenadas. Con Antony ya habíamos arreglado que después del almuerzo salíamos, y el primer lugar para ir era una especie de Farmacity donde venden de todo. Yo esperé afuera por los chicos a la vera del sol.
Cuando veo salir a Antony, lo veo ir directo al auto y voy a su encuentro. Me da curiosidad saber qué compró y veo que empieza a sacar unos siete frascos enormes de pastillas y chocolates. Raro. Subimos y seguimos viaje hacia el shopping. Antony quería comprar cosas para su familia y para su amigo de Auckland; mientras tanto, Nati quería comprar otra mochila, una nueva porque el diseño de la anterior no le gustó, y yo nada, solo ver. Vi unas cosas de Los Simpson muy copadas en un local de juegos. Cuando ya eran las 16 horas y el sol se estaba escondiendo otra vez, pensé: «Puta, salimos tarde de nuevo». Antony quería ir al Pack n Save a comprar vino, lo cual era una pésima idea porque ya no teníamos tiempo. Nati, usando buenas palabras, lo persuadió de lo contrario y seguimos viaje.
Nadie hablaba dentro del auto, salvo dos o tres veces Nati y yo. Llegamos y nos encontramos con Laucha y empezamos a subir el monte. En el camino, Laucha se iba encontrando con amigos suyos y se iba saludando con ellos, tipazo. Pudimos ver una parte del monte que no habíamos visto la primera vez, lo cual fue grandioso: guardarse una sorpresa (sin querer) para lo último. Joaco y Kristof me escribieron al mismo tiempo y me dijeron que estaban por llegar.
Cuando definimos qué hacer con los chicos, les avisé por mensaje y nos vimos allá. Fue increíble encontrarme al menos una vez más con Kristof y Joaco, dos amigos de las paltas, y que compartimos mucho tiempo juntos, muchas risas, y todos esos recuerdos se me vinieron cuando los vi. Nosotros solíamos trabajar juntos los tres con Nikita, otro loco que me hacía cagar de risa.
Una vez, Joaco me preguntó por qué siempre iba con ellos a pesar de que el trabajo era pesado y podría estar relajado con el otro grupo, y había algo de sentido de pertenencia y de unión que sentía que tenía que estar. La verdad, hacía rato no me reía tanto; los extrañé mucho y los voy a extrañar a cada uno, amigos que me llevo de este viaje. Tomamos unas cervezas y todos estábamos necesitados de ruido, de algún lugar que te haga hablar a los gritos, así que fuimos a ver qué onda en Astrolabe.
Pero no sé por qué, no había música y, en su lugar, estaba hablando un tipo con un micrófono, como haciendo una especie de sorteo pero muy lento. Nos fuimos y dijimos: «¿Y si vamos a la playa, compramos algo y escuchamos música?». Me pareció un planazo.
En la playa, con unas cervezas y escuchando música, bailando a veces y hablando sobre la vida y sobre a qué animal mataríamos. La despedida me costó mucho, pero sé que nos volveremos a ver y que este viaje hace eso: que te hagas amigos y los tengas que soltar, y que sigas viaje.