Estaba en China, en un hotel de Zhangjiajie cuando me enteré de la noticia. Primero pensé que era mentira, seguí creyendo lo mismo hasta que vi imágenes de gente llorando. Sentí que terminaba una etapa y comenzaba otra en mi vida. Recuerdos —que mienten un poco— se me vienen a la cabeza, miles, decenas, flashes pequeños como gotas de agua y flashes enormes como vendavales: adolescencia, juventud, adultez, hasta el día de hoy. No fue un día más. Algo había cambiado dentro de mí. La noticia que tanto deseaba no recibir se hizo realidad.
Estaba en China y me desperté con un mensaje en WeChat de mi amigo con el cual estábamos compartiendo vacaciones: «se murió el Indio», me escribió. Frio. No podía pestañear. La escena quedó congelada, el movimiento paró. Cuando reaccioné me quedé diezmado, esperando, como ya dije, como todas esa novedades que podrían caer como un yunque, esperaba que sea mentira. Sabía que en algún momento la noticia llegaría. Tarde o temprano llegaría y que iba a tener que dedicarle un momento a recordar quién fue el Indio para mí y para una generación de almas perdidas que no encontraron mejores palabras que las del Indio para decodificarse, para entender qué carajo pasaba. El indio fue ese poeta incógnito, ermitaño, criptógrafo, escribiendo los misterios de la vida en forma de canciones, no iba a ser fácil entender qué me decía, pero valía la pena el caminar juntos.
Cada canción podía tener mil significados y tampoco importaba tanto. Alguna vez el Indio, en una entrevista, dijo: «Yo hago canciones para que la gente imagine». Me significaron dos cosas esta frase: la definición exacta de lo que es el arte; la segunda es que jamás subestimó a su público. Los meses anteriores a su muerte estuvo latente el comentario —nefasto— de que él era un mercenario, que era un populista que vivía en un country, un revolucionario desde la cama, un tipo incapaz de involucrarse.
Tuve la desdicha de leer y escuchar cada una de estas críticas, pero la peor de las desdichas fue leer una crítica de un tal Nicolás Márquez, sin dudas un microbio en la historia de la humanidad que no dejará huella ni rastros. Cooptado por el dolor, leí muy por encima esa crítica, me enojé e insulté: no puede haber alguien tan hijo de puta y oportunista como para socavar el dolor de una multitud queriendo menospreciar una figura tan preponderante solo porque vivía en Parque Leloir. De todas las críticas, es la más estúpida, digna de un microbio, siempre le exigieron al Indio que se comprometa de verdad, que era fácil hablar desde su casa, que los fanáticos éramos y somos unos idiotas. No solo que jamás ignoramos el estado patrimonial del Indio, sino que sabemos que es justo, que se la ganó haciendo canciones, tocando los corazones de generaciones, cosa que jamás pudo hacer ningún detractor. Dudo más del patrimonio de estos pajes que del patrimonio del propio Indio. ¿Por qué toda la vida le exigieron más a un artista que a los propios representantes? Piensan que nunca se involucró. ¿Qué es involucrarse para ustedes? Ustedes son los que se involucran con el establishment, con el poder, nunca hicieron la autocrítica y creen poseer una verdad que nunca tuvieron. Tienen el relato, pero todos sabemos qué significó, cómo abrió mentes, cómo cuestionó el statu quo, cómo habló de las causas injustas, de los desaparecidos, de la dictadura, de los gobiernos de derecha. ¿Qué es involucrarse entonces para ustedes? Quizás crean que criticar al Indio como opas que son, es involucrarse o destacar las injusticias de gobiernos que oprimen al pueblo como hacen siempre. Ustedes son pensadores, piensen entonces, no quieran torcer la realidad.
No somos una masa aglutinada de simios llenos de hosquedad, somos el resultado de noches mirando a la luna y pensando «¿por qué?», mientras tomamos una birra solos o con amigos, escuchando a Los Redondos. ¿Tanto te molesta eso? Gente que salió adelante y que lloró con una canción y quiere volver a sentir una y otra vez lo mismo. Lo que pasa es que pareciera que la harina solo la consume un ricotero, cuando hay consabidas pruebas de que no es así: esos que se hacen llamar «iluminados» puertas afuera usan ese traje berreta y al cerrarse la puerta de la cortesía hunden la nariz, no se hagan los santos que ustedes tejieron la red del narcotráfico y la prostitución.
Empiezo por el final, terminaré en el principio.
Primero necesitaba sacarme la mierda, no dejar que esto sea una mera declamación dulce de lo que significó el Indio para mí, mi historia, mi primer encuentro, los recitales, la mitología que gira en torno a él y los ricoteros, qué es ser parte de algo tan grande y masivo, tan personal y único, con matices pero con comunión absoluta entre todos. Quería que esta despedida fuera pasional, mi primer rencor ya está plasmado, ya no es mío, circundará al universo de hipócritas como tantas otras cosas.
Lo primero que hice apenas me enteré fue llamar a mi hermana, fue un impulso, de esos que luego uno comprende. Hace mucho tiempo no lloro, hoy no fue la excepción; encuentro en la melancolía una suerte de isla en la que uno podría anclarse. El Indio formó parte de mi vida, era alguien para mí, alguien que subyacía, que su palabra iba a ser oída por mí, que iba a ser pensada, que se iba a hacer carne. Mi hermana, echada en llanto cuando la llamé, me explicó cómo había fallecido El Indio; yo buscaba llorar a pesar de mis impedimentos, buscaba conectarme con mis raíces, siempre fui ricotero, jamás dejé de escuchar Los Redondos o Los Fundamentalistas. Un poco lo logré, pero entre la vorágine de mis vacaciones me faltó ese momento de zozobra, ese momento de solemnidad que me permita socavar en mis sentimientos y revelar lo que realmente significó, cómo su poesía modificó mi mundo.
El primer disco o cassette que llegó a casa fue Oktubre. La tapa me sorprendía, era rara, era muy lúgubre ese cadáver agarrando una cadena, la muchedumbre detrás. La observé un buen rato mientras «Fuegos de Oktubre» sonaba de fondo. ¿Esto es arte? ¿Qué es esto? Yo siempre digo que lo mejor que puede hacer el arte por mí es hacerme no entender qué está pasando, y esta vez sucedía lo mismo. Mientras la canción sonaba y atendía a la frase «De regreso a Oktubre, desde Oktubre», mi cabeza se deshacía en mil pedazos, yo tratando de reconstruirla, sabiendo que iba a ser imposible volver atrás. Tenía apenas doce años, sabía que esto era un antes y un después. Oktubre sonó una y mil veces, trataba de decodificar algo, una migaja, una frase como para poder decir que superé la prueba, «Soy parte», podría decir. «Divina TV Führer» podía ser el anclaje perfecto, la palabra führer era clara, potente, ejemplificaba bien qué pasaba. Salí de ese disco convencido de que algo distinto estaba ocurriendo, no solo en mí, algo pasaba alrededor, en la sociedad, algo me decía Oktubre, me pedía más atención a los detalles; más allá del solo en «Jijiji». Yo no era de escuchar tanta música por esos años, o no recuerdo, más allá de algo de Serrat o Sabina, o Los Guaguancó. Esto era algo distinto, no solo por la evidente influencia que recibí por parte de mis hermanos, fue algo que me bañaba, que me imbuía por completo, algo inevitable para mi, como una pared a derribar y que a partir de allí iba a presentar un carnet ante la sociedad: «Soy Ricotero».
Le pregunté a mi hermana quién la motivó a escuchar Los Redondos, porque antes de que ella trajera Oktubre no se escuchaban Los Redondos en casa, y me dijo que un chico de la secundaria, que intentó conquistarla, la introdujo en el mundillo, que escuchaban Los Redondos en los recreos e intentaban interpretar las letras. Este episodio retrata lo que era compartir música o gustos antes, algo que se perdió con el tiempo. Lejos de ponerme quisquilloso, yo siempre digo que cuando uno comparte gustos, sea música, libros, películas o lo que fuera, de alguna manera se está compartiendo a sí mismo, por lo que tampoco es tan sencillo brindar semejante legado a una persona. Cuando murió el Indio, un amigo que vive en Colombia me escribió enviándome una suerte de condolencias, me agradeció porque yo le hice, indirectamente, conocer Los Redondos y respetar al Indio. Era imposible para mí tapar al Indio o a Los Redondos, me brotaba por los poros lo ricotero, siempre trataba de decir que mi banda favorita eran Los Beatles o Led Zeppelin, pero luego de un par de oraciones siempre descubría mi verdadero manto.
Pienso en muchas cosas cuando escribo sobre El Indio, su porvenir, su obra, sus palabras. Lo primero que pienso o que recuerdo es cuando le preguntan por qué nadie puede entender sus letras o cómo se lleva con esa idea de que sus letras son difíciles de entender y él dice algo brillante, que para mí resume lo que es el arte y me permite desglosar lo que voy a decir a continuación, él dice: «Yo hago música no para que entiendan las boludeces que digo yo, sino para que imaginen». Después de que tantos otros artistas cuestionen la potencia de sus letras porque eran difíciles de entender, él dice eso y pone en palabras algo que yo venía sintiendo y que no sabía cómo decirlo. Las letras me estaban modificando, había muchas que las entendía, otras que no, algunas sabía de qué se trataban, otras las resignificaba, pero nunca me interesó saber a ciencia cierta qué quiso decir acá. En cierta forma, sus letras me recordaban al experimento de leer El Principito en distintas etapas de tu vida y encontrar, en esa relectura, un nuevo significado, mucho más profundo y significativo.
Resumió lo que es ser artista y lo que es el arte. El arte no está hecho para subestimarte, está hecho para trasladarte, es el trampolín que te falta. Cuando un artista revela la fuente se va la magia, me siento subestimado: ¿realmente creen que necesito la explicación? Quizás quien necesita explicar la letra es el artista, cansado de no ser comprendido, cansado de que lo subestimen, quizás en su declamación se esconde el mensaje: «Soy más profundo de lo que creen». El Indio carecía de esa cosmovisión y por eso jamás se vio tentado a explicar nada: que cada uno elija su propio camino.
Esto me permite, de alguna manera, hablar sobre el devenir del arte y del artista hoy en día. Esta necesidad de estar expuesto todo el tiempo a riesgo de ser olvidado, es difícil ser contracultura, pero el hecho de enterarme de que El Indio vivió en Parque Leloir a mis treinta años habla del éxito de su hermetismo. En contrapartida, me encuentro que sé todo de los artistas de la nueva ola: qué comieron, sé sobre su familia, dónde vivieron, qué adicciones tuvieron, por qué escribieron lo que escribieron. Sé mucho, más de lo que quiero, y esto para mí rompe el encanto. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué sobreexponerse? Mi primera hipótesis podría ser que es así como se construyen los ídolos, a través de ser consumidos como una vaca que da leche. Al momento en que no se sepa nada, se tiende a pensar que no existe, que no vale; su obra depende de la imagen que dan. A mí no me importaba nada del Indio, yo quería que haga música.
Tengo un compendio de historias, recuerdos y anécdotas que tienen que ver con El Indio y Los Redondos, pero no tengo ganas de recordar eso. Me abrigo al calor de los recuerdos más alegres que tuve, cómo cuando me preguntaban: «¿Cuál es el momento más feliz en tu vida?». Yo respondía sin dilaciones que el recital del Indio en Tandil 2014. Allí me resguardo y allí vive El Indio, allí lo recuerdo en su esplendor, disfrutando y haciéndonos disfrutar. Jamás vibré tan alto como en aquellos días y, si bien —no es poco— me queda su obra, siento que se fue un familiar, alguien que decodificó el sentir de miles, que me invitó a ser parte de algo, que siempre me exigió y tuve que crecer para no quedarme atrás.